El Padre Telésforo de Jesús. Las lecciones de las barrancas

Pbro. Adalberto González González

Murió aquí en Guadalajara y se lo llevaron a sepultarlo en Chimaltitán, allá en la puntita del Norte de Jalisco, donde había pasado gran parte de su vida pastoral. Había nacido a inicios de 1902 en Tamazula, Presbítero desde 1933, y en sus años maduros y postreros fue Cura en una Parroquia tapatía.

Lo tendieron en un cuarto grande donde él vivió, en lo que en otro tiempo fue el Convento de los Franciscanos. Su humilde cajón lo colocaron en unos bancos rústicos con tablas y le pusieron sus cuatro velas y sus cilacayotas partidas por la mitad que, según la tradición, absorbían el cáncer.

El caballo empezó a topetear la ventana que daba al corral y poco a poco se movía la tranca que cerraba la ventana, hasta que cedió y se abrió la puerta con todo y ventana. Entonces el caballo, al que Don Telésforo le decía “El garrote” porque no tenía enanca muy boleada ni el cuello arqueado, irrumpió en la pieza y tumbó candeleros y sostenes de la caja, pero rápido la gente que estaba allí rezando y cantando pepenó al caballo y fueron sacándolo lentamente. Nada pateó el animal; nomás meneaba el pescuezo y movía sus jetas con los dientes apretados y las narices muy abiertas, como olfateando, como oliendo por última vez a su amo. Se lo llevaron sin aspavientos dándole vuelta al corredor conventual, donde solos quedaron “El garrote” y “La paleta”, que eran los equinos que usaba día a día el Padre Telésforo de Jesús Aguilar Torres.

Bien acomedidas, las gentes muy pronto arreglaron los estropicios que causó el caballo, y bien que comprendieron aquel signo del animal como una muestra de fidelidad e instinto de recuerdo y cariño hacia su dueño…

Desde que conocí a Don Telésforo, nunca dejó de salir cabalgando en cualquiera de las dos remudas, “La paleta” y “El garrote”, una para cada día de la semana. Así me lo contó el día que lo saludé por primera vez, cuando me bajé de la avioneta medio mareado y atolondrado allí en Chimaltitán, en aquella vieja y fogonosa cocina del viejo Convento, que no es que estuviera cayéndose, sino que delataba el desgaste de años y años, ya despostillados y mal pintados sus arcos y disparejo el piso, pero todavía con sus mismos ladrillos gruesos de barro.

El señor Cura estaba desayunándose en el banquillo de la cocina, atendido por dos mujeres enmantonadas, con sus caras cubiertas por el mantón caído. Luego él me preguntó: “¿Usted es el Padre nuevo que voy a llevar a Bolaños?”, y lo saludé con mucho gusto; un hombre moreno, de nariz mediana y puntiaguda.

“Mire, mi Padre -me advirtió cuando llegamos al corral-, ésta es ‘La paleta’, una yegua muy sudona y algo inquieta, que no sabe de viejas porque nomás yo la he montado; en ésa me voy”. Yo observé una yegua alazana fuerte y vivaz. Y añadió: “Y éste es ‘El garrote’; como que apenas se le notan las enancas y el cuello sin mucha curvatura, y es más o menos manso; ése es el suyo”.

Nos montamos y salimos; nos fuimos culebreando veredas. Yo le ofrecí un chicle para mitigar la sed y el cansancio, pero el Padre Aguilar me reconvino secamente: “Con eso, a mí se me caen los calzones; el chicle es nada más para las mujeres”. Bueno, pues ni modo, pensé. A mí me habían platicado que masticando chicle se destapaba la sordera que causan los vuelos, y la verdad es que yo seguía sordo y atarantado.

Proseguimos el camino con una plática medio difícil, pero él se miraba tranquilo, como quien todo lo conoce: recovecos del arroyo, cada árbol, cada piedra del trayecto. Y en una vuelta del arroyo, que voy viendo un ojito de agua clara. Entonces le pregunté: “Señor Cura, ¿a usted no se le antoja un traguito?” Y que me va respondiendo: “El agua es para los bueyes y el vino para los Reyes”. Ni modo, está bien, volví a mascullar mientras me bajaba del caballo para darle buenos sorbos al agua.

A poco, llegamos a las inmediaciones de Bolaños, cuando apareció a mi vista en medio de aquel silencio una construcción como un palacio, y se veía nueva como recién hecha. El Cura Telésforo me ilustró: “Aquí es ‘La playita’, y ésa es la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Hay que bajarnos del caballo y pedir perdón de nuestros pecados”.

Ante semejante consigna y después de tan azaroso viaje, yo le respondí: “Bájese usted, señor Cura; yo no aguanto ni las rodillas ni la cadera porque están cortos los estribos y se me durmieron rodillas y cadera”. Entonces él, arrodillado, se golpeó el pecho, pero con tantas ganas y con unos golpes tan contundentes, que casi hicieron eco entre las paredes de los desfiladeros. Luego me confió: “Es que en estas barrancas no hay quién lo confiese a uno”. Yo seguí horquetado en “El garrote”, con los pies salidos de los estribos.

Lo escuché con respeto y me uní a él discretamente, pero no me bajé de la remuda hasta que poco a poco pude arrimarme a una gran multitud de lugareños. Eran puros saludos al Padre, a quien le decían “Papá Chuy pelón” y le pedían consejos de lo más diverso; por ejemplo, para dónde apuntar las ventanas de sus casas (por aquello del sofocante calor durante todo el año). Pero, eso sí, todos le manifestaban el contento de verlo.

Por aquel mismo rumbo, ya estando yo como Prefecto en el Seminario Menor Auxiliar de Totatiche, en las mensuales Juntas de Decanato de aquella Región Norte coincidíamos y él me procuraba para hacerme plática o contarme chistes. Nos habíamos hecho buenos amigos.

La última vez que lo vi, ya acá en Guadalajara y muy mal de su vista, estaba parado en una esquina de la Calle Independencia, a un costado del Mercado Corona y rodeado de personas que esperaban cruzar. Le pregunté qué andaba haciendo, y me dijo con su fino humor de la gente del campo: “Aquí nomás, orejiando y coyoteando para que no me pisen los camiones”. Creo que estaba en un templo de las orillas de la ciudad: “A veces barro la iglesia, y a veces, desde las bancas de atrás, me quedo a ver cómo celebran la Misa y predican los nuevos Padrecitos, para no equivocarme y aprender más”…

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