De la asistencia a la promoción

Hermanas, hermanos en el Señor:

No olvidemos que el ejercicio de la caridad son los brazos que la Iglesia tiende, como dice el Papa Francisco, para tocar la carne sufriente de Jesucristo.

El sufrimiento tiene muchos rostros, muchas expresiones, y la Iglesia debe tener y tender manos para tocar y tratar de aliviar, si no de resolver, el dolor de los necesitados.

No se puede entender la Iglesia de Jesús sin esta acción, sin este servicio concreto a la caridad. Como primer responsable de esta tarea, en la Arquidiócesis de Guadalajara, tengo que animar a quienes hacen el bien a nuestros hermanos más necesitados.

Aunque la caridad es un servicio que implica la fe y la buena intención, sin embargo, es un ejercicio que se debe hacer aprovechando todos los medios que tenemos a nuestro alcance, es decir, debe hacerse de la manera más profesional que se pueda. Debemos, por tanto, aprovechar todos los instrumentos que nos da la tecnología de la comunicación, para que, al mismo tiempo que nos facilita el trabajo, también alcance y se proyecte a más personas.

El espíritu de nuestra caridad es, en efecto, en primer lugar, una acción asistencial, que tiene que ver con la ayuda en emergencia a personas necesitadas, pero no se debe reducir solo a esto, sino que debe proveer, impulsar, concientizar y corresponsabilizar a las personas, para que sean gestoras de su propia vida; que no se mantengan solamente esperando la dádiva, que alivia de momento la situación, pero que no la transforma.

Que nuestra caridad promueva, que haga desarrollar capacidades, de acuerdo al espíritu y la intención con la que trabaja, por ejemplo, la Fundación Garibi Rivera, cuando apoya a una persona o a una familia al facilitarle recursos para emprender una pequeña empresa, que se haga gestora de la búsqueda de otros bienes.

Cuando se pueden conjugar, por una parte, el ofrecimiento de un recurso para que se promueva una pequeña empresa y, por otra, el adiestramiento y la formación para que las personas lo hagan, se llega a resultados eficaces. Por eso, despejemos el espíritu solo asistencialista, buscando, además, la promoción de la dignidad y la responsabilidad de las personas.

Por último; hago un llamado a la espiritualidad, es decir, que todo el servicio de la caridad se mantenga en el espíritu de Jesús. Él es Dios, que se hizo carne para compartir nuestras carencias, y solo experimentándolas y compartiéndolas, con el poder de su Espíritu, se puso en el camino de ayudar a resolver esas necesidades.

Que la espiritualidad no se pierda, que el espíritu de fe y del Evangelio sea el que nos nutra, nos motive y nos sostenga, porque no podemos olvidar que la Iglesia, como pueblo de Dios en el mundo, es la comunidad que representa y que actualiza las acciones de Cristo en favor de la Humanidad. Como pueblo de Dios, estamos para continuar las obras que Jesús inició en servicio de los más necesitados.  Pero eso solamente se entiende, se sostiene y se vive en el espíritu evangélico de Jesús. Se crece en este espíritu en contacto con la palabra de Dios, la oración y la vida comunitaria y sacramental.

 

 

 

 

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