El Padre Emeterio Romo. Voz timbrada de profundos ecos

Pbro. Adalberto González González

Luego que conocimos al Padre Romo, pronto lo identificamos por su voz brillante. Desde muy antiguo, existe una institución dentro del Seminario Diocesano, la Schola Cantorum, que formó a innumerables jóvenes no sólo en el canto, sino que les ayudó a cultivar una voz privilegiada, y entre ellos puede contarse como muy distinguido al Padre Emeterio con su magnífica voz de tenor.

Y es que, aparte de integrar ese conjunto coral y de su gusto por cantar solos, había muchos espacios útiles para mostrar su voz, bien fuera en actos de agradecimiento a Superiores o bienhechores, en ceremonias especiales, en obras de teatro, en convivencias o en variados eventos.

No fueron pocos los que descollaron en estas artes histriónicas del canto y de la comedia. Muy destacado y recordado, por ejemplo fue, desde seminarista y después como Formador, el Padre Luis Martínez Jiménez. En pueblos cercanos a Guadalajara completaban la labor promocional de vocaciones sacerdotales, o en las localidades serranas durante las Vacaciones de Comunidad presentaban dramas, sainetes y otras ocurrencias para solaz de la gente. Luis Martínez tenía una singular vena actoral, y en particular para contar chistes, lo mismo bobos pero con mucha gracia, que surrealistas o de humor negro. A veces los preparaba tan extensos, que solos formaban un monólogo o un sainete.

Contemporáneo del “Gordo” Martínez, Emeterio Romo Pérez, nacido cuando “Los arreglos” dieron fin a La Cristiada (1929), y ordenado Sacerdote 30 años después, era parte activa de la fiesta, pero nunca le gustó interpretar canciones populares porque decía que eran “canciones de cantina”. En cambio, le salían bastante bien las de corte fino y adecuadas a su timbre de voz, como “Granada”, “Estrellita”, varias de las italianas tradicionales y hasta partes de varias Óperas.

Una vez, ya en el Albergue Trinitario Sacerdotal, le pedí cantar, después de la Comunión en la Santa Misa, “Nocturno al Santísimo Sacramento” (letra de la autoría del Canónigo Benjamín Sánchez Espinoza, “Fray Asinello”), y lo cantó bellamente y con edificante piedad.

Recién ordenado Presbítero, uno de sus primeros destinos pastorales fue Tepatitlán, muy cerca del Valle de Guadalupe, donde vivía su familia, y allá dejó un hermano. Después estuvo en Ameca y más tarde en Jocotepec, y en cada pueblo iba dejando una hermana, y luego otra hermana. Como que así se usaba entre algunos Padres, mudarse con todo y familia, pero dejando en cada lugar a algún pariente allegado.

Cuentan que en cierta población una vez se le acercó un individuo y le dijo:

-Padre, me gusta mucho una de sus hermanas-

-¿Y cómo la quieres, con amor de padre?, porque tú ya estás grande para casarte, casi como papá de ella. ¿O te quieres casar como hermano?-

-No, Padre, tampoco como hermano-

-¿O la quieres nada más con amor platónico?

-¡Eso, eso último que dijo!, porque nomás la veo y quiero echármela al plato-

-¿Sí?, pues eso no se va a poder. Mira, mejor consíguete otra porque mi hermana, contigo, ni en malos pensamientos-.

Aquí cabe un paréntesis para dejar constancia y reconocimiento de tantas hermanas de Sacerdotes que siempre acompañaron ayudando a su hermano a donde quiera que lo cambiaron; mujeres que no se casaron y entregaron su vida, lo mismo en un pueblo rabón que en algún barrio o colonia de ciudad, cuidando de su comida, de su ropa, y hasta integrándose en áreas del apostolado parroquial.

En muchos casos, el papá o la mamá les encarecían a sus hijas: “Acompaña a tu hermano Sacerdote porque ellos están expuestos a bastantes peligros de todo tipo”. Y ellas, fieles, los acompañaban hasta el final. Otros papás, por el contrario, les prohibieron que siguieran a su hermano; mejor que cada una tomara su camino para no sacrificar su vida por ese motivo.

Algunas de nuestras hermanas estuvieron a nuestro lado en varios tramos del trayecto. Vaya para todas ellas un profundo agradecimiento por su presencia y consideraciones en las buenas y en las malas. En otros casos o circunstancias no pudieron atendernos cercanamente porque nos desempeñamos como Maestros, en destinos que teníamos que vivir en comunidad, por ejemplo siendo Formadores en el Seminario, y allí no podían acompañarnos. Otras, porque murieron antes que nosotros y nada más estuvieron al tanto de nosotros cuando lo permitió la dinámica de cada familia.

El Padre Romo fue muy amante y observante de la Liturgia, de acatar las normas del Concilio Vaticano Segundo, y en los últimos años de su ministerio activo construyó el Templo de Belén de Jesús, cuya Comunidad, pastoreada por él y por sus sucesores, llegó a constituir una Parroquia con gran vitalidad.

Aquí en el Trinitario, yo nunca lo percibí como un viejo, a pesar de ser octogenario; al contrario, se mantuvo bien conservado. Con frecuencia venían a verlo sus hermanos, y uno de ellos, tocando el acordeón, nos hacía agradable el rato los domingos, antes de la Misa. Como si fuera un sueño, lo recuerdo siempre alegre, hasta el día en que partió, rodeado de sus familiares.

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