¿Cansados de tanta información?

El diluvio informativo al que estamos expuestos no permite que nos podamos enfocar en lo importante, afirma Miguel Pastorino en Aleteia.org

Pbro. Alfonso Rocha Torres

En los años noventa, el psicólogo británico David Lewis acuñó el concepto de “Síndrome de Fatiga Informativa” (IFS) o cansancio por exceso de información.

Publicó un informe titulado ¿Muriendo por la información?, donde identifica el agotamiento producido por el consumo y manejo excesivo de información que agota física y mentalmente, desbordando a la persona por vivir “sobreinformada”; acompañado de problemas de atención, concentración, dificultad para el análisis y la toma de decisiones, ansiedad y trastornos del sueño.

Según el filósofo coreano-alemán, Byung-Chul Han, en su ensayo “El enjambre” (Herder, 2014), donde analiza la “revolución digital” y de qué manera las redes sociales y nuevas tecnologías han transformado la esencia misma de la sociedad, cambiando nuestro modo de percibir la realidad, de relacionarnos, de pensar y de convivir, sostiene que todos estamos de una u otra manera, en mayor o en menor medida, aquejados por el “cansancio informativo” (IFS).

Han sostiene que la masa no filtrada de informaciones hace que se embote por completo la percepción y que los afectados se quejen de la creciente parálisis de su capacidad analítica, de atención y una inquietud general y constante.

La dificultad de los “cazadores de la información”

El exceso de información hace que se atrofie el pensamiento y disminuya la capacidad reflexiva. Estamos perdiendo la capacidad para distinguir lo esencial de lo no esencial; el diluvio informativo al que estamos expuestos no permite que nos podamos enfocar en lo importante.

La información excesiva deforma y desinforma, y la comunicación ya es solo acumulación sin sentido. “La información es acumulativa y aditiva, mientras que la verdad es exclusiva y selectiva”.

En contraposición con la información, la verdad no se amontona. El saber mismo no se alcanza sino es a través de una larga experiencia y su temporalidad es completamente distinta a la de la información. El tiempo de la información es breve y fugaz.

Los “cazadores de información” corren detrás del último dato, aunque no saben para qué lo quieren. En cambio, los “labradores del saber” son aquellos que saben de la paciencia, de la renuncia y del cuidado.

Los primeros son impacientes y acechan en lugar de esperar, no soportan la espera. Viven en un “presente total” y pierden el campo de visión.

Por eso es necesario recuperar la mirada larga que sabe descubrir lo esencial en medio del diluvio de informaciones y estímulos. Necesitamos recuperar la dimensión contemplativa del mirar.

El problema no es la aceleración, sino el sinsentido

El problema de nuestro tiempo no es la aceleración, sino la crisis de la temporalidad, donde el tiempo se atomiza en instantes fugaces inconexos, sin sentido, sin rumbo, sin final; donde tampoco se sabe para qué se quiere la información, pero se vive bajo el “dogma” incuestionable de que hay que estar todo el tiempo informado y llegar antes. ¿A dónde? No importa. Porque cuando se llega, ya no interesa porque se sigue corriendo por llegar a ninguna parte.

En otro ensayo, “El aroma del tiempo”, el filósofo Han afirma que la aceleración que hoy experimentamos es solo un síntoma del verdadero problema, que es la dispersión temporal en que vivimos, donde el tiempo no tiene un ritmo ordenador y al vivir atomizados no se experimenta el valor de la duración. Así se entiende que vivamos en el “imperio de lo efímero”.

Para Han la crisis actual del exceso informativo y la dispersión del tiempo, no se soluciona buscando hacer pausas, sino saliendo de la absolutización de la vida activa, que reduce a la persona a su dimensión laboral y productiva.

Recuperar la vida contemplativa es la respuesta a la fatiga contemporánea

Y no es caer en el autoengaño de intentar “desacelerarnos”, sino de cambiar la mirada y los valores que rigen un modo de vida sobre el que no reparamos.

Cuando las personas descubren el sentido de su vida y el sostén interior de su vivencia del tiempo, ya no se convierte su presente en fugaces instantes inconexos, sino que se recupera el hilo de la vida, la tensión entre pasado, presente y futuro que ordena el horizonte del vivir cotidiano.

Tomar las riendas de la vida

Quien no devora informaciones, sino que sabe disfrutar del saber, crece en experiencia y sabiduría. No hay que “matar el tiempo”, sino que vivimos en él y construimos futuro en cada presente con sentido. Con esperanza y responsabilidad.

La experiencia de la vida como una continuidad con sentido y no como una sucesión desordenada de vivencias e informaciones, es la que permite asumir compromisos y vivir equilibradamente, priorizando unas cosas sobre otras.

¿El problema es de cantidad de tiempo?

La crisis de la temporalidad también afecta el modo de relacionarnos con los demás, la responsabilidad ante el otro, el compromiso y la entrega necesitan de la duración. Podemos pasar de un simple intercambio de informaciones y estímulos fugaces, o verdaderos vínculos profundos que echen raíces con el tiempo y nos arranquen del aislamiento y la superficialidad.

Comentarios: [email protected]

Para saber más: www.es.aleteia.org

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