Señor Cura Regla. De los que sortearon muchas peripecias

Pbro. Adalberto González González

Desde chico le oí en una plática que, habiendo él nacido en años de La Cristiada, a todos los católicos de aquella época les tocó después atorarle a tiempos muy difíciles de reacomodo de las cosas en el país. Por ejemplo, cuando gobernó un Presidente de ideas y acciones socialistas, se obligaba en las escuelas a enseñar la ideología comunista y hasta a cantar “La internacional-socialista”. Cuál Himno Nacional Mexicano ni qué nada.

Oriundo de Soyatlán del Oro, Municipio de Atengo, Jalisco, entonces sus padres lo mandaron a la ciudad a estudiar. Fueron caminos que a muchos nos inclinaron a la vocación del sacerdocio. El Padre Ramiro Regla Morelos recibió el Sacramento del Orden en 1953, cuando a la Arquidiócesis de Guadalajara le reclamaban atención espiritual de lugares muy lejanos y de difícil acceso.

En su juventud sacerdotal se le destinó, entre otras Comunidades, a la Parroquia de La Yesca, Nayarit, a donde prácticamente se llegaba sólo en avioneta o a lomo de mula, invirtiendo días enteros. En aquel pueblo, por cierto, hizo buenas migas con los rancheros aficionados al tiro, bien fuera por mero gusto o por dedicarse a la cacería, lo cual aprovechó el Padre Ramiro -de buen manejo de armas- para acercarlos también a Dios y a la Iglesia.

A partir de 1972 la Arquidiócesis se desmembró para la creación de dos nuevas Diócesis: la de San Juan de los Lagos y la de Ciudad Guzmán (desde 1961 ya se había conformado la de Autlán). Coincidió en que el Padre Regla ejercía su ministerio en la Parroquia de Zacoalco, por lo que automáticamente quedó adscrito al Obispado de Ciudad Guzmán.

Sucedió que, en sus primeros años como Diócesis, una buena parte del Clero empezó a inclinarse y a dar pasos hacia la aplicación de lo que se llamaba “Teología de la Liberación”. Ante esas novedades, muchas gentes sencillas del pueblo cuestionaban: “¿Por qué los Padres no nos predican simplemente el Evangelio, sin tanto recaudo?”

Varios Sacerdotes destinados endenantes en poblaciones del rumbo de Zapotlán el Grande fueron retornados a la jurisdicción de la Arquidiócesis tapatía o ellos mismos solicitaron regresarse. En ese grupo estuvo el Padre Regla Morelos, a quien ya acá se le encomendó la Parroquia de El Señor de la Ascensión, frente a La Fábrica de Atemajac, a la que sirvió por más de 20 años, período en que rescató,  remodeló y puso de nuevo al servicio del culto religioso, la primera y antigua capilla del lugar, que se consagró –por consejo del entonces Arzobispo de Guadalajara, Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo- a la Virgen María, en su advocación de la Madre Admirable, Patrona de los hilanderos.

Al agravarse sus crisis de presión arterial, fue internado en el Albergue Trinitario Sacerdotal. Yo le observé aquí una marcada disposición a administrar el Sacramento de la Unción de los Enfermos. En cuanto se enteraba de alguien que estaba encamado, para pronto se apersonaba para santolearlo. A mí así me ocurrió un día y acepté que me ungiera; pero ya en la segunda y siguientes veces le decía que no era necesario; que mis dolencias postoperatorias se recrudecen con el frío; que suelen darme dolores de cabeza o malestares estomacales, pero nada más, ni cosa de gravedad. No se enojaba, pero como que no le parecía.

El señor Cura Ramiro y otros Padres acudían con frecuencia a la sala común para jugar dominó. Quién sabe cómo eran sus juegos, pero ellos se entendían y se divertían.

Un día, como tantos otros que transcurren aquí, se lo llevaron al hospital. Ojalá haya habido alguien, como el Padre Cuco Ledesma, recordado Capellán del Trinitario, que lo haya asistido en sus últimos momentos, como solía hacerlo con los graves o agonizantes. Quiera Dios que así haya sido.

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