Bajado del Cielo sin espectáculo

Hermanas, hermanos muy amados en el Señor:

En las Lecturas de la Sagrada Escritura de los domingos de este mes de agosto, hemos escuchado el discurso que hace Jesús sobre el Pan de Vida. En ocasiones, sus palabras han estado dirigidas a la falta de fe de sus contemporáneos, es decir, aquellos que no quisieron creer y aceptarlo como el Hijo de Dios.

Jesús no entra en polémica con ellos, no les contradice, no les contesta en el mismo tono. Lo que hace es darles una lección sobre la fe, la cual no es producto del esfuerzo intelectual que podamos hacer para entender una cosa, aceptarla o rechazarla.

Aceptar a Cristo como venido del Cielo, como Dios hecho hombre, no es resultado de alguna preparación propia, sino que es un regalo que el Padre nos hace. Es decir, solo reconoce a Jesús aquel que recibe el regalo de la fe, el don de Dios, el don de creer en Él.

Por eso, no es posible aceptar o no aceptar a Jesús solamente con argumentos terrenales. El tema es si estamos o no abiertos a reconocer en Él al Hijo de Dios. Si tenemos la gracia de dar este paso, entonces encontraremos en Cristo la plenitud de la vida, no solo aquí y ahora, sino que en Él está la respuesta al anhelo más grande que tenemos, que es vivir para siempre.

Éste es el núcleo central del mensaje. Preguntarnos qué grado de fe tenemos en Jesucristo. Si verdaderamente creemos en Él, lo vamos a descubrir en donde se quiso quedar vivo y presente, en la Eucaristía. Nuestra fe nos llevará a hacer de la Eucaristía el centro de nuestra vida, la fuente de nuestra energía, de nuestra esperanza, de lo que necesitamos para vivir, enfrentando todo lo que se nos va presentando a lo largo de nuestra existencia.

No nos confundamos como los paisanos de Jesús que, para creer, esperaban verlo bajar del Cielo con la misma espectacularidad con la que el pueblo de Israel, por el desierto, vio caer el maná, y hacía blanca la tierra. Jesús ha bajado del Cielo sencillo, encarnado.

Si Dios nos da el regalo de la fe en Jesús, hay que vivir conforme a esa fe. Hay que vivir de acuerdo a ese don que el Padre nos ha dado. Jesús baja del Cielo enseñándonos el rostro vivo del Padre. En primer lugar, por sus acciones de amor, a su Padre y a sus hermanos, sin distinción, pero más sensible y exquisito para con aquellos que más sufrían.

Cristo se mostró amoroso con los enfermos que le presentaban; se mostró misericordioso con los pecadores, sin condenarlos, sino acogiéndolos y perdonándolos; se acercó a los que sufrían, y los consolaba. Se preocupaba de que las multitudes no tuvieran hambre, que no tuvieran sed.

Esto nos da a conocer que Él viene de parte de Dios, que ha bajado del Cielo. Esta presencia real se concentra en la Eucaristía. Quien lo encuentra en la Eucaristía queda comprometido a hacer las mismas obras de Dios.

 

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