Darse, entregarse, todos los días

Hermanas, hermanos en el Señor:

La primera alusión que hace Jesús cuando habla de darnos su cuerpo y su sangre, se refiere a su sacrificio, a su entrega. Él entregó su cuerpo, su carne, al sacrificio. Basta ver las imágenes que nos describe el Evangelio: la corona de espina, los azotes que le impusieron, los clavos que perforaron sus manos y sus pies, la lanzada que traspasó su costado. Todo esto nos habla de la carne del Señor entregada al sacrificio, entregada a la muerte.

Cuando nos dice: “beber su sangre”, nos está hablando de la sangre del sacrificio. No hay sacrificio sin derramamiento de sangre. Jesús, físicamente, en realidad, derramó su sangre por nosotros, y el fruto de esta muerte, de esta entrega, es la vida, la plenitud de la vida. Él nos mereció la vida con su muerte. Y esta vida se refiere a la salvación.

Nos asegura que después de nuestro paso por este mundo, vamos a permanecer en la vida eterna, en la vida de Dios, en una vida plena.

Es una tentación figurarnos la salvación solo como una idea, como algo etéreo, y no, la salvación es fruto solo de la muerte de Jesús, quien entregando su carne y derramando su sangre en el sacrificio, nos mereció la vida eterna, la salvación.

Esta entrega definitiva nos habla, por otra parte, de la entrega permanente, la de todos los días. Él, amando al pobre, sirviendo al pobre, al enfermo, consolando al triste, dándole de comer al hambriento, perdonando al pecador, consolando al que sufría, entregó su vida todos los días. Estaba dando, entregando, verdaderamente su vida.

Jesús nos enseña que, si somos llamados a comer su carne y a beber su sangre, estamos llamados también a dar la vida por amor. No en el último día de nuestra vida, sino todos los días, en el seno de nuestra familia, en la relación interfamiliar, en el servicio a los necesitados que encontramos en el camino, que conocemos a diario; poner nuestros talentos al servicio para resolver los problemas de violencia, de inseguridad, de desconfianza, que hay en nuestra sociedad.

Si participamos de su carne y bebemos su sangre, estamos llamados, como Él, a dar la vida en cada momento, en toda circunstancia, cada instante, en el ámbito en el que nos movemos. Él nos invita a romper el egoísmo que busca nuestra seguridad y nuestra comodidad, solo nuestra satisfacción. Nos llama a romper con ese círculo egoísta, y darnos, entregarnos en pequeñas acciones cotidianas.

No podemos decir que no tenemos oportunidad de darnos en el servicio, en la solidaridad y en el compartir con nuestros hermanos.

La otra alusión que hace el Señor cuando dice que nos da a comer su carne y beber su sangre se refiere a la Eucaristía. Nos dejó, hasta el fin de los siglos, la posibilidad de entrar en comunión de vida y amor con Él por la Eucaristía, donde verdaderamente comemos su carne y bebemos su sangre. Por lo tanto, no da lo mismo comulgar o no comulgar, y hacerlo bien dispuestos. La participación plena en la vida divina es comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

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