Pablito Cordelio

Pbro. Adalberto González González

Luego de ordenarme Sacerdote, en 1955, a mí me dijo el Arzobispo José Garibi Rivera: “El pueblo al que te mando es muy bonito, nomás un poco difícil de llegar, por lo general en avioneta; pero primero llegas a La Yesca, Nayarit, preséntate al señor Cura y le dices que vas a Huajimic”. Yo le respondí a mi Prelado: “Con mucho gusto, señor, para eso me ordené”.

Llegué ya nochecito y pregunté por el Curato. “Allí está, frente a usted”, me dijeron. Me acerqué a la casa ya a oscuras y toqué la puerta, pero estaba un perro enorme que, según calculé, me comería de dos mordidas. El señor Cura me invitó a pasar, aunque con ese perro no cabíamos ni los dos en el zaguán. “Pásate, no hace nada”, me insistió el Párroco, pero yo me negué, reviré un poco de la casa y salió ya sin su animal.

Y pretendió animarme con una advertencia: “Pásate, a estos lugares venimos puros hombres”. Me dispuso sentarme a la mesa y me ofreció unos frijoles con tortillas y café. “Es todo lo que hay; aquí se necesita ser hombre con valor y atenerse a lo que hay”, insistió. No platicaba mucho; todo era referirse a que fuéramos muy hombres. De plano, yo me enfadé de la cantilena de hombres, machos y todo eso, hasta que me animé: “Por eso, pues, ¿quiere probar qué soy?”

Como que entró en razón y le cambió un poco: “No, no, ya sé. Tienes que irte a Huajimic; mañana ensillas la mula muy temprano y te vas”. Le pregunté por dónde tomaría el camino, y me contestó: “El que boca tiene, a Roma llega”. La verdad es que dormí muy poco, desesperado y pensando cómo le haría. Me levanté y almorcé lo mismo que cené.

“¡No me digas que no sabes ensillar una mula! -exclamó al oír mi negativa-. Vamos, pues, por ahora yo te la ensillo, porque ya mañana tú lo harás”. Ya enfadado, le repuse: “Sí, hombre, por eso no se apure, pero ¿por dónde salgo?” Me dijo que en este pueblo cada calle es una entrada o una salida muy corta. Nomás le pedí que me apuntara para dónde ganar y me dio un itacate con tacos y tortillas, que colgué de los tientos. Y, sin espuelas ni sombrero, ai’ voy.

Más delante topé con un joven que iba por la misma dirección y me orientó: “Allá, en aquella planada que se divisa, está Huajimic, nomás que yo le sigo para la derecha, donde está mi rancho”. Primero llegamos a un arroyo muy limpio y ahí nos despachamos el itacate. Luego me retiré un poco y le pedí que me esperara porque iba a hacer un “riego”. Y ahí, donde me sentí escondido, me topé con un muerto colgado y pronto me desocupé, pero nada le dije del ahorcado al muchacho. Tiempo después, me platicaron de un tal “Tigre de la sierra” que había hecho muchas fechorías por esos rumbos.

Caminamos y caminamos platicando, cuando él llegó al cruce de su camino y me dio todas las señas: “Pasando la planada ya se ve Huajimic; no tenga miedo, ya no hay pierde”. Y sí, enseguida me hallé en el pueblo: muy bonitas sus calles cortas, compuestas con piedras de arroyo. Luego me encontré con un muchacho con corbata, montado a caballo, quien me saludó con un “Buenas tardes, Padre”, y yo le respondí con un “Buenas tardes, Maestro”.

Por mi extrañeza al haberme reconocido, me explicó que me identificó por la mula que su familia le regaló al Padre. Y yo le dije que lo reconocí como Profesor porque durante el camino no vi a alguien con corbata y zapatos. Y cuando la mula estaba por meterse al corral de la casa, le corrigió el camino advirtiéndome que su familia la había donado para la Iglesia. Me convidó a tomar un vaso de agua y ahí me platicaron que era la víspera del Día de la Asunción y que ya estaba todo listo para la fiesta.

Al día siguiente, en medio del festejo popular, estaba el Gobernador de Nayarit acompañado de gente muy importante. Seguro le caí bien porque me preguntó qué se me ofrecía. Y yo, nuevo y recién llegado, mejor dejé a la gente que le pidiera y le solicitaron unas campanas y un aparato de sonido. Muy formal él, nos mandó enseguida el paquete de peticiones.

De ahí me cambiaron a Oconagua, por el rumbo de Etzatlán; vendí mi buen caballo que había adquirido en Los Altos, y que hasta pronto querían comprármelo para las carreras.  Y entonces pensé: “Ora sí que de Japón a China; de Huajimic a Oconagua”. Pude hacerle algunos arreglos al templo descuidado, como los enjarres de las paredes y el techo. Cuando llegué, me dijo un Padre que nomás había encontrado una peseta americana y unos centavos. Por eso me puse a pensar: “¿Yo qué voy a hacer con eso?” Entonces compré un tractor para sembrar las parcelas que me rentaban, o lo rentaba yo muy barato a la gente, y luego me hice de otro tractor. Cosa de no creerse, pero la gente no estaba impuesta a pagar el diezmo, dar las primicias ni a dar limosna.

Luego siguió una retahíla de pueblos como destino, en los que casi invariablemente la gente se quejaba: “Padre Pablito, apenas nos alcanza para comer y para darles algo aunque sea a las gallinas o si acaso para una vaquita”, pero yo les ayudaba con una camionetita chueca a mover sus cosechitas, hasta que alguno de los más pudientes me confió: “Ya estuvo bueno; primero se me murió mi perro, tal vez enyerbado; luego mi hijo, y ahora mi señora está muy mala. Tráigase su camioneta y se la voy a dar copeteada. Le correspondí con una buena botella de vino. Fue como empezó uno que otro a darme el diezmo o las primicias, y así alcancé a hacerle algunas mejoras a la iglesia por dentro para que luciera más digna.

En una de esas, me llegó de sorpresa el Arzobispo José Salazar y se alcanzó a manchar de mezcla su sotana y gabardinita. “Mire nomás, ¿pues qué está haciendo?”, me preguntó, y yo le respondí que procurándole unos arreglitos al templo, que está descarapelado.

Me cambiaron después a un pueblito que era como una vieja Hacienda, donde había mucho movimiento de gallos, carreras y otras cosas. Y yo, seco, entonces le pedí a la Autoridad que si me daba un cuartito de sobra pegado al templo para hacerme una sacristía. Al principio no quería y no quería, pero al fin cedió, y cuando lo tumbé salió de ahí un Cristo arrumbado que resultó ser de marfil. Lo mandé reparar y la gente comenzó a tenerle devoción.

Para las Fiestas Patronales y el Novenario invité a un Religioso español, Franciscano Capuchino, que daba unos sermones como pólvora. Por eso yo le puse “el Padre Polvorín” y le preguntaba: “¿Cómo es que das esos sermones tan bien hechos y con tanto recaudo?”, a lo que muy fácil contestaba: “Ay, Pablito, tengo cincuenta años predicando los mismos  sermones desde Extremadura hasta El Salitre. ¿Tú crees que no me salgan bien?” Pero un buen día, “Polvorín” tomó el canasto después de recoger la limosna y reprendió así a los fieles: “No sean tan agarrados. ¿Ustedes creen que el Padre Pablito y yo comamos con siete pesos ochenta centavos?” Y les contó el dinero moneda por moneda.

Mucha gente se reunía para ir a los gallos y me animaban a llevar el sombrero para que me lo copetearan de billetes. “Nomás no diga tan larga la Misa para que lleguen pronto al palenque de los gallos”, me aconsejaban. Y como también me convidaban a las carreras de caballos, aprovechaba: “échenle aquí su dinero; alcabo van a perderlo en las apuestas o a bebérselo todo”. Fue como se le hicieron obras a la capilla, que quedó muy bonita, y despedí decorosamente al “Polvorín”.

También me destinaron a La Yesca, y ahí empecé a notar que la avioneta cobraba mucho, por lo que saqué cuentas, como buen alteño (de Mexticacán), y le dije al dueño de la tienda que con tres meses de trabajo bien comprábamos la avioneta. Y así pasó; enseguida adquirimos otra, pero comenzaron a atorarse los pagos del mes, por lo que le revelé a mi socio lo que pasaba: que los pilotos tenían su buena casa en Guadalajara, que tomaba vinos finos, tenían a sus hijos en colegios y, en fin, que se daban una regalada vida. Es más, el señor que investigó el asunto me comentó: “El que tiene medieros y no los ve, lo dejan sin calzones y no lo cree”.

Por eso le propuse a don Fulgencio, el de la tienda, que se quedara con las avionetas. Al principio se mostró renuente, pero le argumenté que a mí podrían cambiarme cualquier día, pero él se quedaría ahí, y al último aceptó. Había frecuentes viajes hacia o desde Tepic o Guadalajara. Tenía buenas tierras y ganado; pero, como me cambiaron, todo se acabó, como el de la Biblia que llevaba los recados al paciente Job: “Nomás yo solo quedé”. Cobré muy poco de recuperación por las tierras que están allá, o quizás tampoco.

Otro destino fue Puente Grande, a las orillas de Tonalá, donde los ejidatarios me dieron algunas tierritas, que puse a rendir; pero duré poco y unas las vendí, en tanto que otras no alcancé.

Finalmente me mandaron a Nochistlán, Zacatecas, donde estuve unos 26 años. Poseía algunas casas en Guadalajara, al trato de unas piedras de ópalo que me cambió un japonés cuando estuve en Magdalena, y que tenía guardadas. Ahí, una vez me cuestionó una mujer: “¿Usted de cuáles Padres es, del jaripeo como jalomo, de las pistolas o de las siembras?”. Y rápido le solté la respuesta: “De todos, señora. Lo que pasa es que usted no va a Misa ni al Rosario ni nos oye predicar. Yo soy de todos”.

En El Trinitario, el Padre Pablo Íñiguez Jáuregui ingresó muy enfermo de diabetes, aunque siempre se mantuvo cuerdo, fraterno y alegre por varios años, hasta que se lo llevaron al hospital y su cuarto quedó solo. Dicen que su funeral, allá en Nochistlán, fue todo un acontecimiento por tanta gente que lo quiso y valoró, y que lo despidió con lágrimas y plegarias.

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