Las fibras más íntimas

Hermanas, hermanos en el Señor:

Cuando escuchamos música, sus notas tocan fibras sensibles de la persona. Eso mismo sucede con la Palabra de Dios que, al escucharla con atención, con humildad, toca fibras íntimas de nuestro ser.

En efecto, la Palabra de Dios es como una espada de doble filo que penetra en lo más profundo de nuestros corazones y nos interpela, nos cuestiona, nos anima y nos hace vivir en comunión (cfr. Hb 4,12-13).

Creer en Jesús es un don de Dios, porque solo Él nos puede dar el regalo de la fe. Pero este regalo no se nos impone, nos deja en entera libertad, al grado de que podemos elegir entre aceptar al Señor o prescindir de Él, y dejarlo a un lado en nuestra vida. Así les pasó a los que escucharon hablar al Maestro, y muchos decidieron abandonarlo.

Ésa es una realidad. Ante el hecho de creer en Jesús, en último término prevalece nuestra decisión y el ejercicio de nuestra libertad. El mensaje, pues, toca esa fibra íntima de nuestra relación con Dios. Tenemos que preguntarnos qué tanto reconocemos a Jesús, qué tanto nos interesa su Palabra, y qué tanto nos interesa seguir sus pasos. Porque se trata de seguirlo, no se trata de nombrarlo solamente.

Qué tanto nuestra fe es una fe comprometida en oír a Jesucristo, en seguir poniendo por obra su Palabra, o qué tanto permanecemos en ese sector de personas que dice que es muy duro seguirlo, que es muy difícil cumplir su Palabra. Piensan que Él solamente nos esclaviza, que nos quita la libertad o nuestra capacidad de gozo. Posiblemente lo escuchemos, pero no con el deseo de seguirlo.

Recordemos cómo, en su tiempo, Moisés, por órdenes de Dios, lideró a su pueblo, conduciéndolo por el camino del desierto, después de que lo sacó de la esclavitud de Egipto, después de que lo asentó en una tierra que emanaba leche y miel. En esas circunstancias, Moisés le preguntó al pueblo a quién querían seguir sirviendo, si a los ídolos o a Dios, si a los ídolos a los que les daban culto en otros pueblos, o al Señor que se les había manifestado en su liberación. (cfr. Josué 24, 15-18).

Siempre se nos presentará la pregunta a quién queremos. El pueblo de Israel, después de la experiencia de haber palpado la mano providente y amorosa de Dios, que los rescató de la esclavitud, que los llevó por el desierto y que los instaló en una tierra que mana leche y miel, dijo que quería seguir amando y sirviendo al único Señor, y que renunciarían a sus ídolos y se someterían al verdadero Dios.

Nuestro Padre, no obstante que nos ha manifestado su amor, nos deja en la libertad de elegir, respeta nuestra decisión. No porque nos liberó, nos condujo por el desierto, porque nos dio esta tierra, nos está exigiendo que creamos en Él, no, sino que nos deja en libertad.

Ante la Palabra de Dios, que toca nuestra fibra más íntima de la fe, respondamos a quién elegimos y qué queremos elegir.

 

About Yara Martínez González

Check Also

Familia: Escuela de Virtudes

Lupita: Yo me creí ese slogan que decía: “Menos hijos para darles más”. Quería tener …

El Papa readmite a la plena comunión eclesial a 8 obispos chinos

Redacción ArquiMedios En el marco de los contactos entre la Santa Sede y la República …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *