Don Rafa. Un Párroco con mitra

Pbro. Adalberto González Gozález

El lema de su tierra natal, Arandas, en la Región de Los Altos de Jalisco, “Pauper terra laboriosa gens”, se traduce literalmente como “Tierra pobre, gente laboriosa”. Y bien que se aplica a uno de sus hijos, reconocido como incansable y como fecundo sembrador y cuidador de la tierra (sus destinos pastorales) que Dios le asignó.

Rafael Martínez Sáinz nació el 29 de Septiembre de 1935 y desde pequeño ingresó al Seminario Diocesano Menor de Guadalajara. Su buen comportamiento y aplicación al estudio le granjearon ser enviado a Roma para especializarse en Teología y en Ciencias Sociales en la Pontificia Universidad Gregoriana. Por cierto, radicando allá, en el Pontificio Colegio Pío Latinoamericano, corre fama de haber sido el autor de una célebre travesura: le escondió las botas de uso diario a un condiscípulo y paisano. Ese compañero era muy temido por su recio carácter y resultó ser Juan Sandoval Íñiguez, al paso del tiempo Formador y Rector del Seminario, Arzobispo de Guadalajara y Cardenal de la Santa Iglesia.

A su regreso, fue Profesor de varias asignaturas en el Seminario y luego lo destinaron a un pequeño pueblo, Tecualtitán, cercano a La Ciénega de Chapala; una Comunidad que guardó siempre en su corazón, al grado de que después que salió de ahí, e incluso siendo Obispo, y hasta cuando estuvo alojado en el Albergue Trinitario Sacerdotal, de vez en cuando retornaba para visitar a la gente, pues seguían invitándolo a eventos populares y familiares, así como a Fiestas Patronales y celebraciones litúrgicas diversas.

Después estuvo casi 30 años como Párroco de El Señor de la Misericordia, en Ocotlán. De esos señores Curas que conocieron y guiaron a por lo menos tres generaciones. Su feligresía le profesó un gran cariño. Por su mando y su mano pasó un hilo de Sacerdotes como Vicarios, de los que jamás le oí decir algo negativo. Es más, varios de ellos son recordados y venerados por su santa vida apostólica. Eso es muy de tomarse en cuenta, pues bajo su cuidado surgieron muchas vocaciones y ejerció gran influencia en seminaristas y clérigos, que siempre se han expresado bien de él.

Y vaya que habiendo durado varias décadas en un lugar, nunca se le achacó algo reprobable; señal de que, como él mismo nos dijo durante una sobremesa: “Ni pedí prestado ni debí a nadie ni deshonré a nadie”. Era de esos Párrocos que resultaba más fácil hallar un Obispo para una Diócesis que un Cura para toda una Región.

Claro, no faltó alguno que otro Vicario incómodo, como aquel Padre revoltoso que empezó a meter ruido entre los trabajadores de la Celanese, hasta lograr, con el tiempo, que esa gran empresa textilera cerrara, dejando un reguero de fierros viejos, con lo cual se perdieron numerosos empleos. Después ese Padre, en otros lugares, emprendió diversos negocios que no prosperaron positivamente.

Trasladado de Ocotlán, el señor Cura Martínez llegó a ser Vicario General de la Arquidiócesis (el cargo más importante después del Arzobispo y sus Obispos Auxiliares), además de Párroco de La Madre de Dios. Siendo yo Vocero del Arzobispado y encargado de Prensa por más de 30 años, coincidí con él frecuentemente en las Oficinas de la Curia Metropolitana. Y, aunque no era él demasiado afecto a ver televisión o a consultar los Medios, siempre me saludaba muy afable y me preguntaba por las noticias del día. Yo creo que nada más para darme por mi lado, pero la verdad es que de todos modos me sentía obligado a estar al día y a veces me desvelaba sintonizando los noticieros radiofónicos o televisivos. Ciertamente, nunca tuvimos una contrariedad en esa materia.

El Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo Auxiliar de Guadalajara y fue consagrado el 16 de Julio de 2002. El Cardenal Arzobispo Juan Sandoval le encomendó, entre otras tareas, la atención especial a los Consagrados, a través de la Vicaría Episcopal de Religiosos, llegando a tener una cercana y afectuosa relación con todas las Congregaciones, Órdenes e Institutos de Vida Consagrada. Dentro de la Conferencia del Episcopado Mexicano, formó parte de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud.

Durante los aproximadamente seis meses que duró en El Trinitario, compartimos la misma mesa del comedor que, con su llegada, la sobrenombraron “La Mesa VIP”. Disfrutamos mucho de su plática y remembranzas, de su seriedad y su buen humor, salpicado de anécdotas, dichos y chistes. Llegó él aquí a lo que venía: a prepararse para lo último, y siempre le reconocimos su buen ejemplo y bondad.

A menudo, “Don Rafa” (como era cariñosamente conocido y tratado) nos compartía los regalos que le hacían desde un Asilo que había fundado, así como de gente de aquí y de allá, proveniente de los destinos en que estuvo. Aparte, su hermana nos llevaba una rica calabaza en dulce que en mi tierra le llaman “taninole”.

En fin, ese medio año lo transcurrió tranquilo aquí, aunque sin dejar de hacer lo que podía: Misas, Confirmaciones, Bendiciones, pero muy cuidadoso en sus comidas y bien integrado con su familia. Cierta vez, un compañero Sacerdote le pidió celebrar la Santa Misa aquí en la capilla del Trinitario, y le contestó: “Sí, pero tú predicas, porque a mí no se me da como a ti”.

En otra ocasión coincidimos también en el Hospital, sólo que no pudimos comunicarnos; cada cual con su propio mal.

Puedo decir que el Obispo Rafael Martínez, Sacerdote desde 1959, vivió plenamente su vocación y creció cabalmente en su fin. Su cuerpo quedó en Ocotlán, donde debía estar y fue reclamado.

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