La hipocresía de la apariencia

El verdadero fondo del mal y del pecado no se purifica con la hipocresía y las apariencias, porque lo que mancha al hombre no es lo que entra de fuera, sino lo que sale del corazón de las personas.

En nuestro interior puede estar la fuente del mal, que muchas veces expresamos con nuestras actitudes, comportamientos, palabras y relaciones.

Para quitar ese mal no basta guardar las apariencias, no basta que aparentemos bondad. Necesitamos que nuestro interior cambie, en la manera de comportarnos ante los demás. Jesús reprueba la hipocresía de quien piensa que cumple con lavar su exterior, sin revisar su interior.

La hipocresía nos puede alcanzar a nosotros. Podemos tener actitudes y comportamientos que solamente se basen en apariencias, pero sin cambiar nuestro interior.

El riesgo que nos pase personalmente, podemos trasladarlo a que nos suceda socialmente. Existe, por ejemplo, una sensibilidad por el daño que estamos haciendo a la Creación, envenenando el aire y el agua, maltratando a los animales. Nos preocupan este tipo de acciones, y qué bueno, porque todo lo que existe en el Universo, nos pertenece, y porque todo el mal que le hagamos a la Naturaleza repercute en nosotros. Qué bueno que pongamos atención en eso que daña el ambiente.

Pero nos puede ganar la hipocresía, en el sentido que seamos muy escrupulosos para cuidar nuestro entorno, y muy descuidados de lo que hacemos para atender al ser humano. Ese acento que ponemos en cuidar la Creación no corresponde al cuidado que debemos tener, por ejemplo, a los niños, que son envenenados cada día más. No nos preocupa que los jóvenes sean, también, dañados, en su percepción de la vida y en su anhelo por vivir un futuro mejor Son víctimas de propuestas que los dañan en su juventud, y luego para el resto de sus vidas. Del mismo modo, no le ponemos el suficiente empeño a la salud de la familia.

Decimos, por ejemplo, que hay que cuidar a las tortugas, porque están en peligro de extinción, y qué bueno, pero que esa preocupación corresponda al cuidado escrupuloso de nuestros niños y de los jóvenes. Que se cuide la familia. Porque, ¿de qué nos serviría restablecer todo el bien, en el ambiente natural, si los seres humanos nos vamos denigrando cada vez más?

Hay que ser consecuentes. No hay que poner el cuidado solo en un aspecto, la apariencia. Hay que cuidar el entorno, pero también la vida humana, con tanto celo una cosa y otra.

Cristo nos puede recriminar porque no somos auténticos, porque nos interesa guardar las apariencias solamente. Que nos queramos lavar la conciencia cuidando el aire y el agua. Eso no basta para contrastar el descuido que tenemos al ser humano. Quitemos nuestra hipocresía.

La vida cristiana no es auténtica sin la sensibilidad y preocupación por el ser humano más débil y más necesitado, sin dejarnos influenciar de los criterios que rigen este mundo, basados en el tener, el poder y el placer.

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