El Padre Jaime Parga Íñiguez. Un Sacerdote laborioso y desprendido

Pbro. Adalberto González González

En aquel pueblo era bien sabido y hasta constatado en placa: “Aquí estuvo el Batallón al mando del General Zedillo”. Por su parte, el joven Padre “Rifas” pensó: “Por aquí pasa el cable de la antena de la televisión, y yo traigo un aparato televisor”. Nomás que cuando le pidió permiso al señor Cura Rafa, éste le dijo: “No se le olvide que estos edificios, aunque son templos, pertenecen al Gobierno”… Y hasta ahí llegó el sueño del Padre “Rifas”.

Hacía poco tiempo que había terminado la Revolución Cristera, y el señor Cura Rafa comisionó al Padre Jaime Parga, su Vicario, para encargarse de la construcción del Colegio, lo cual emprendió enseguida y también de inmediato concluyó la obra, gracias a que organizó kermeses, rifas y festejos en el pueblo, logrando buenos resultados. Nada más le faltaban Maestros que enseñaran, por lo que luego pudo encomendarse la tarea a unas Religiosas.

Pero, apenas habían inaugurado el Colegio, el Párroco se dirigió así a su Vicario: “Ha hecho usted muy buen trabajo; pero fíjese que le tengo otras tareas”. Con razón en el pueblo le llamaban “Don Rafa”. Y es que tenía la costumbre de no irse a dormir sino hasta que le daba una vuelta completa a todo el caserío.

En tiempos de hambruna, inventó un pequeño lanzallamas, una especie de soplete para quemar las espinas de los nopales, que así ya quedaban listos como alimento para el ganado. Recogía y contabilizaba estrictamente los diezmos y primicias, no para su ventaja, sino que guardaba todo muy bien en bodegas, y en los meses más duros de la carestía les vendía muy barato el maíz y el frijol, sobre todo a los más pobres. A veces, los ricos mandaban a terceros a comprar esos granos, pero él tenía tan buen control y fina intuición, que a esos nada les vendía.

Un día subió al púlpito a encabezar el rezo del Santo Rosario, pero al rato comenzó a enredarse y a hacer borucas. Entonces el Padre “Rifas” lo llevó a su pueblo para que se recuperara, y por eso se hizo cargo de todos los Grupos: la Acción Católica, la Vela Perpetua, Hijas de María, Terciarios Franciscanos, Refugianas, Adoradores Nocturnos y de otras Asociaciones Pías. Fue cuando se restableció el señor Cura Rafa, y al regresar contempló todo bien atendido.

Al Padre Jaime lo cambiaron a un lugar ya en las orillas del Área Metropolitana, por el rumbo de La Tuzanía, en Zapopan, donde había que conseguir desde el terreno y empezar a hacer comunidad y edificar un templo, el de Jesucristo Obrero.

También estuvo, entre otros destinos, siempre bien estimado de sus fieles, en La Capilla de Guadalupe, donde le gustaba encargarse de los carros festivos para la Procesión de Charros, en la que participaban hombres ilustres del pueblo y afamados exponentes de la charrería, además de un tumulto enorme de gentes. Cuando andaba en esos menesteres, estricto y nervioso como era, llegaba temprano a las casas de los voluntarios para exigirles un puntual y cabal cumplimiento.

Era su forma de trabajar, con rigor y dureza, pero los fieles reconocían que era mejor así, a que alguien fuera demasiado amable pero no salieran bien las cosas.

El Cardenal Arzobispo Juan Sandoval Íñiguez, su paisano, le encomendó la Parroquia de San Pedro Tlaquepaque, donde también se responsabilizó de administrar la vecina casa del Cardenal, cuidar de su mantenimiento y hasta de organizarle los festejos al Prelado por su cumpleaños, onomástico o algún aniversario.

Ya entrado en años, el Padre Parga se sumó a un grupo de jóvenes Sacerdotes interesados en hacer estudios de Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Valle de Atemajac. Ellos lo recuerdan animoso, responsable, muy fraterno y generoso.

En sus últimos años, aquejado de diversos males, dicen que a veces disvariaba del texto de la Misa o que al levantar el cáliz o la hostia se ponía tieso. Varias veces se internó aquí, en el Albergue Trinitario Sacerdotal, a causa de crisis de su enfermedad, pero nunca se le hizo extraño el lugar ni buscó puertas para irse.

Al contrario, le hizo varios regalos al Trinitario. Y, afecto a celebrarse él mismo sus cumpleaños o aniversarios de Ordenación (que ocurrió en la Navidad de 1962), convidaba al Cardenal Sandoval. Algo que hacía en cada Navidad era regalarnos un bolo bien surtido de finos chuchulucos.

A poco se le dificultó comer y comunicarse, por lo que optó por recluirse en su cuarto, auxiliado en las mañanas por un enfermero y procurando siempre estar muy bien presentado en su persona. Pero, como a todos, nos llega la hora. Un día, al mediodía, le empezó a caminar más despacio el corazón, hasta que se le detuvo. Se fue sencillamente y en silencio. Se sacó la rifa del Cielo.

 

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