La sordera de la indiferencia

Hermanas, hermanos en el Señor:

Al tocar Jesús a los enfermos, el Señor nos está diciendo que Él es capaz de sentir lo que la persona enferma experimenta. Toca el dolor, el sufrimiento, la impotencia del que sufre, y con ese signo, tocándolo, dando la indicación de devolverle la salud, el enfermo queda restablecido.

Porque Jesús está vivo, nos puede curar, nos quiere curar de cualquier enfermedad, dolor, pena, etc., que tengamos. Para que esto suceda, necesitamos dejarlo que nos toque, que se aproxime lo más posible a nuestra pobre realidad, que experimente lo que nosotros experimentamos en nuestra situación.

¿Cómo lo podemos hacer? ¿Cómo podemos dejar que Jesús nos cure? En primer lugar, con nuestra oración. Si hacemos una oración auténtica, es decir, si entablamos un verdadero diálogo con Él, le vamos a permitir que comparta nuestros sufrimientos, dolores y enfermedades. Por la oración, puede tocar lo que a nosotros nos hace sufrir y nos aflige.

También nos puede tocar a través de los Sacramentos, especialmente por el de la Reconciliación. Cuando nos acercamos a la Confesión y le decimos al Sacerdote lo que hemos hecho de malo, lo que hemos hecho contra el amor de Dios y contra el amor de los demás, y contra nuestro propio amor, el Señor es capaz de tocar las fibras más íntimas de nuestra conciencia, y restaurarlas por su misericordia y perdón.

De manera especial nos toca en el Sacramento de la Eucaristía, en donde comemos su Carne y bebemos su Sangre. Tiene así, una intimidad con nosotros, participándonos su misma vida, y participando nosotros de la suya. En efecto, con su Encarnación, quiso tocar nuestra propia humanidad, haciéndose hombre como nosotros. Además, hizo suya nuestra humanidad.

“¡Todo lo hace bien!”, era la expresión de la multitud cuando veía que los enfermos quedaban perfectamente sanados. Y a nosotros nos quiere abrir muy bien los oídos para que escuchemos la necesidad y el sufrimiento de los demás.

El que participa y se acerca a Cristo, no puede ser indiferente a lo que sufren los demás, sino que siempre será sensible y atento a lo que los demás sienten, sufren y necesitan. Al que ha sido tocado por el Señor, se le desata la lengua para que pueda consolar, alentar y expresar el deseo de transformar la realidad.

El que ha sido tocado por Jesús, no puede callarse ante la injusticia que sufren los demás, ante la violencia, ante el mal trato a la mujer, ante el olvido de los ancianos y de los que no tienen oportunidades en su vida. Se le desata la lengua para que anuncie el bien, para que hable la verdad, para que aliente la esperanza de los demás, que no sea indiferente. Muchas veces, bajo el mismo techo en el que vivimos, no escuchamos el sufrimiento y el lamento de los abuelos, por ejemplo, no somos capaces de escuchar lo que necesitan y sienten, lo que esperan y lo que temen.

Si nos dejamos tocar por Jesucristo, no vamos a pasar indiferentes ante la necesidad de cualquier persona.

Dejemos que Jesús toque la propia realidad, y abra nuestros oídos y desate nuestra lengua.

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