La consumación de la Independencia

Pbro. Armando González Escoto

Estamos acostumbrados, por imposición del gobierno, a celebrar el inicio de la independencia como si eso hubiera sido lo único, lo más importante y lo definitivo, mientras que lo que realmente fue todo eso, es decir, la verdadera consumación, el logro; el triunfo de la independencia sigue pasando desapercibido.

Es como si en lugar de celebrar el aniversario de nuestro nacimiento quisiéramos celebrar el de nuestra gestación que sabrá Dios en que momento ocurrió, más o menos nueve meses antes y sin que en ese momento se supiera si tal gestación tendría el éxito final que significa nacer.

La serie de acuerdos, que no de batallas, que desembocaron en la independencia de México tuvieron como primer escenario al antiguo reino de la Nueva Galicia, donde efectivamente se declaró la Independencia el 11 de junio de 1821, proclamándose el día 13 siguiente, acontecimiento de la mayor importancia que llevó al nombramiento de Nuestra Señora de Zapopan como Generala del Ejército Insurgente de la Nueva Galicia, pues sin la necesidad de disparar un solo tiro, esta vasta región había logrado emanciparse de España. Tres meses después se declaró la Independencia de México, el 23 de septiembre.

La enseñanza de este acontecimiento histórico es muy relevante, pues demostró que la búsqueda de acuerdos, de alianzas y convenios entre los sectores principales de la sociedad podía lograr mejores resultados que los levantamientos armados o las guerras, y que esos mismos acuerdos a nivel de los líderes, eran mejor asumidos por las comunidades. Lo contrario ha sido siempre el caos, revolver el río para que sólo ganen los pescadores.

Esto no significa que las acciones de los insurgentes de 1810 carezcan de valor y trascendencia. Si bien es cierto que la iniciativa de Miguel Hidalgo fracasó a los pocos meses de comenzar, y la consecutiva de Morelos terminó cuatro años después, sepultando prácticamente todo ideal de independencia por los siguientes cinco años, la verdad es que estos personajes tuvieron el acierto de mostrar a la sociedad de la Nueva España, que sí era posible la emancipación, el cambio, la autonomía, por más que de momento no dieran con los recursos adecuados para lograr sus metas.

Hasta el presente, uno de nuestros grandes problemas ha sido la incapacidad, promovida, para aceptar los hechos tal y como ocurrieron, más allá de cuestiones políticas, partidistas o ideológicas; esta condición nos impide madurar como país.

Mientras que en la esfera religiosa las creencias se van adecuando a la edad de las personas, en la esfera civil la educación mantiene a la población en un perpetuo infantilismo, deformando su conciencia histórica e impidiéndole llegar a la edad adulta, porque es eso lo que conviene a los intereses de una clase política que vive a sus anchas, muy satisfecha de contar con sufridos contribuyentes que jamás se interesan por saber el destino de sus recursos, para ello se requeriría justamente de esa madurez ciudadana y democrática de la que aún estamos tan lejos.

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