Montanismo

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

El montanismo fue una corriente rigorista con gran impacto en la joven comunidad cristiana. Deseaba una reforma de la Iglesia de las supuestas desviaciones que había tenido a lo largo del tiempo; esta reforma querida para la Iglesia tenía como finalidad la preparación a la inminente segunda venida de Cristo. Paradójicamente, creyéndose infalibles, su soberbia y orgullo los llevaba fácilmente al libertinaje moral, sobre todo en cuestiones sexuales. Se oponían y enfrentaban a los sucesores de los apóstoles e incluso llegaron hacerlo con violencia.

Hacia el 172 d.C. Montano, un neófito de Frigia, creyéndose el mismo Espíritu Santo, comenzó a profetizar que el mundo se acabaría ya pronto y que la nueva Jerusalén bajaría en uno de los valles de la actual Turquía, llamado Pepuza. Entre sus más fervientes seguidores estaban Maximila y Priscila, dos mujeres, que fueron atraídas por sus doctrinas y se convirtieron, a su vez, en profetisas y en verdaderas misioneras de sus enseñanzas. La predicación de Montano se caracterizaba por su rigorismo exagerado, con la intención de volver al estado de perfección y pureza del cristianismo apostólico. Les exigía a sus seguidores apartarse de las costumbres de las comunidades cristianas, debían mortificarse a sí mismos y renunciar al matrimonio, además de practicar un riguroso ayuno. Deberían estar siempre dispuestos al martirio y aún desearlo ardientemente, por lo que les prohibían esconderse en las persecuciones. Las mujeres no debían utilizar ningún ornato ni aceptar ningún cargo público. Prohibía el uso de la pintura, la escultura y las ciencias profanas. No creían que la Iglesia tuviera el poder de perdonar los pecados capitales, que para Montano eran: apostasía, homicidio y adulterio. Tertuliano, uno de los autores más influyentes de la antigüedad cristiana, fue seducido por los errores del montanismo, separándose definitivamente de la Iglesia en el 207 d.C. Él suavizó la prohibición montanista del matrimonio, limitando su prohibición solo a las segundas nupcias.

Esta herejía fue condenada por algunos sínodos de Asia Menor, por Serapión, obispo de Antioquía, y por los Papas Víctor y Ceferino. Sin embargo, en la comunidad cristiana siempre han persistido las conciencias llenas de escrúpulo frente a las debilidades de los miembros de la Iglesia, y buscan una reforma conforme a sus propios criterios, muchas veces tan poco evangélicos como el comportamiento que quieren cambiar. En estos días hemos sido testigos de actitudes montanistas, llenas de soberbia y orgullo, del obispo Viganò, nuncio emérito de los EEUU que, con verdades a medias y en artera oposición al Papa Francisco y a su Magisterio, ha escrito una carta de acusación a la Iglesia, sin sentirse corresponsable del escándalo que está sufriendo y recargando toda la responsabilidad en el actual Pontífice. Busca una reforma de la Iglesia a su medida y a sus intereses. También existen grupos de cristianos que, juzgándose una élite escogida, viven un rigorismo ascético, pero con actitudes de amarga crítica a los demás. Reconocemos que hoy la Iglesia necesita una profunda reforma, pero no así.

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