El Padre Pilar Valdés. Con la música muy por dentro

Pbro. Adalberto González González (+)

Me acerqué al “Sanedrín”, esa sala del Albergue Trinitario Sacerdotal donde nos juntábamos a leer el periódico o algunas revistas. Ese día vi al Padre José Pilar Valdés igual; no había cambiado nada. Porque era un Sacerdote tranquilo, muy metido en su música, sobre todo en el Canto Gregoriano, su especialidad, en la que se licenció en Roma, al igual que en Teología, poco antes de ordenarse, en 1948.

Taciturno, con la mirada fija en lo perdido, no hablaba nada, Y pensé: “¿Cómo es que este Padre no puede hablar si sabía por lo menos cuatro idiomas? Por supuesto, el Español, nuestra lengua nacional, un lenguaje rico y vivencial con el que entró de niño al Seminario, donde aprendió el Latín. Durante cinco o seis años de Humanidades había que estudiarlo y entenderlo, pues varias clases eran en Latín, y no se diga en las Facultades de Filosofía y de Teología. Luego fue enviado a Roma a especializarse en Teología y en Canto Gregoriano, por lo que tuvo que aprender y dominar también el Italiano, por necesidad de comunicación y aprendizaje.

Ah, y otro que más o menos aprendimos fue el Inglés, muy a fuerzas, pero ya se nos advertía que nos sería bastante útil. De todos modos, era un dicho común que andaba de boca en boca: “El Alemán es para hablar con los caballos; el Inglés, para hablar con los perros; el Francés para platicar con las mujeres; el Italiano para hablar con los niños; el Latín para hablar de Dios, y el Español para comunicarse con Dios”. Algunos aprendimos el Inglés con father y mother, haw moch, yes o no.

Me acerqué entonces al Padre Pilar y le pregunté si sabía quién era yo. Y sí, dijo conocerme pero no mi nombre. Supuse que tenía el Alzhéimer. Me vino a la mente aquella vez que, siendo yo estudiante de Filosofía, me aproximé a él con un poco de miedo para consultarle si sería posible estudiar piano. “No, porque no tienes oído musical”, fue su rotunda respuesta.

Pues ni modo, me consolé yo mismo, imaginando a un compañero que tocaba el piano tan magistralmente y creyendo yo que debería ser muy hermoso, cuando tenga un problema, sentarme al piano y desgranar con mis manos y fantasía aquellas bellas sinfonías y hacerlas oír por todo el jardín de la Sección de Filosofía. Así pues, me quedé callado y empecé a tomar la guitarra y a rascarla un poco, pero aquel buen Maestro tenía razón: si yo tuviera oído musical, hubiera aprendido más con el tiempo que calé, comparándolo con el tiempo en que le hice la lucha. Además, sólo por añadir algo, la única materia que reprobé en toda mi redengada carrera fue el Solfeo, y duramos largo tiempo para aprobar aquel examen y hubo de mediar mucha compasión para darnos el Siga. Así es que dejé por la paz esa idea.

Seguí conversando con el Padre Valdés Ríos. Bueno, dizque platicando, porque nomás abría los ojos. Todo lo tenía igual de hace años: sus manos llenas de vello; su mirada serena y de piedad. Se me antojaba preguntarle si recientemente había compuesto algo para la Liturgia. Y es que hacía muchos años que no nos veíamos, pues yo afanado en la atención a los Medios de Comunicación, y él siempre metido en su música.

Durante muchos años, en los distintos grados de Humanidades en el Seminario Menor, impartió, entre otras asignaturas, las de Solfeo y Canto Gregoriano. Y lo mismo al tomar lecciones que al dirigir grupos corales, era muy mesurado, a diferencia de la enjundia y soltura que le ponía el Padre José González Romo, y no se diga de la galanura y rigor del Canónigo José Ruiz Medrano. Con todo, el Padre Valdés llegó a hacer muy bellos y finos arreglos a canciones vernáculas, como “Tehuantepec” y “Allá en el Rancho Grande”, entre tantas otras a varias voces, publicadas luego en un selecto librito que servía de partitura a la Schola Cantorum del Seminario Mayor o a la del Menor.

Generalmente trabajó en la Escuela Diocesana Superior de Música Sagrada y apoyando al Colegio de Infantes de la Catedral o a la Schola del Seminario, siempre dedicado a lo suyo, pero al servicio de los demás. Así eran nuestros Padres Formadores, íntegros, sin esperar recompensas ni ascensos. Después ejerció su ministerio en diversas Comunidades, siendo Párroco en Totatiche, Jalisco, su tierra natal, y en San Martín Obispo, en Ciudad Granja, Zapopan. También fue añadido al Venerable Cabildo de Canónigos, desempeñando el cargo de Chantre para entonar el inicio de cantos de los Oficios de Coro en la Catedral.

Por último, se vino al Trinitario a esperar la sinfonía más grande del final de su destino, siempre en silencio, sin estorbar a nadie.

N.R. Este, el último texto del Padre Adalberto González González escrito para Semanario, es el colofón del serial Personajes del Trinitario que durante varios meses enriqueció nuestras páginas y que, primero Dios, dará pie a un libro en el que ya se está trabajando para cumplir con un anhelo de nuestro Maestro y Amigo, que para nosotros es, desde que nos lo transmitió, tarea ineludible de realizar.

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