El Espíritu, Maestro y Memoria

El fruto más grande de la muerte y resurrección de Jesús fue habernos merecido su Espíritu. No es nuestro mérito, sino solo de Él, que anunció, a lo largo de su vida, que nos enviaría a su Espíritu (cfr. Jn 14,23-29).

Nos fijamos en dos cualidades que Jesús atribuye al Espíritu Santo. Una, cuando se refiere a que ese Espíritu nos enseñará todas las cosas (Jn. 14,26). Es decir, es un Maestro interior, que si sabemos escucharlo, que si sabemos abrirnos a Él, nos enseñará muchas cosas que no aprendemos en los libros, ni de los demás, ni siquiera de nuestra propia experiencia.

Es un Maestro interior que nos enseña, con claridad, quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Nos enseña nuestro origen y nuestro fin, lo que debemos hacer para no perder el camino para alcanzar nuestro fin. Nos enseña el bien que debemos amar, elegir y hacer.

Pero también nos enseña lo que está mal, lo que nos hace infelices, lo que nos extravía en el camino, lo que debemos evitar, con el objetivo de alcanzar nuestro fin en la vida.

A este Maestro interior necesitamos darle un espacio en nuestra existencia. Por ejemplo, al inicio del día, o al final, en cualquier momento, para que nos enseñe quién es Jesús, quién es Dios Padre, quiénes son los demás para nosotros. Él debe ser el primer Maestro en toda escuela.

La segunda cualidad de la que nos habla Jesús, acerca de su Espíritu, es la que se refiere a que nos recordará todo cuanto el mismo Señor nos ha dicho (cfr. Jn 14,26). Por lo tanto, además de ser Maestro, también es Memoria.

No deja que se nos olvide quién es Jesús y qué nos enseña. Nos lo está recordando permanentemente. Cuida que no se nos olvide lo que el Señor hace por nosotros, que Él nos acompaña, como nos lo prometió (cfr. Mt 28,16), porque -a veces- vamos por la vida como huérfanos, como desamparados, como abandonados a nuestras fuerzas.

Una consecuencia de este aislamiento es que muchas personas sufran de depresión, porque han perdido el sentido de su vida, tienen marginado a Dios de su existencia, y se sienten solas. Fenómeno que ha afectado por igual, también, por desgracia, a niños, adolescentes y jóvenes. Un triste y doloroso desenlace de la depresión es el suicidio.

El Espíritu Santo nos recuerda que el amor más grande que podemos recibir es el de Jesús, y no solo por lo que dijo, sino porque lo hizo y lo sigue haciendo, dio su vida por nosotros.

Invoquemos, pues, permanentemente al Espíritu Santo, especialmente con nuestra participación en la santa Misa, y si así lo hacemos, Dios Padre, sin duda, nos lo concederá. Tengámoslo presente todos los días, no solo cuando estemos en dificultades o cuando sea el día de un examen.

Que no se nos olvide quiénes somos, qué buscamos, para qué estamos en este mundo, ser felices y útiles, servidores de la comunidad y un gozo para nuestra familia.

 

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