Incluyentes para sumar

Jesús nos invita a ser incluyentes en el trato con los que no forman parte de los bautizados. Nos alerta del peligro que tenemos de descalificar, desautorizar o despreciar a los demás, porque no piensan como nosotros, porque no hacen lo que nosotros, o porque no hacen las cosas como nosotros las hacemos. Siempre nos previene de este peligro, de este riesgo de descalificar a los demás.

El Señor proclama, anuncia, solicita, que ojalá todo el pueblo fuera profeta, que todos profetizaran, es decir, que todos dieran testimonio de la fe en Dios, porque todo aquel que no está en contra de Dios, está con Él.

Nosotros no tenemos autoridad para descalificar a nadie. Si nos preciamos de ser auténticos discípulos de Cristo, tenemos que reconocer que el bien no lo hacemos solo nosotros, sino que hay muchas personas que, sin ser católicas, hacen el bien, la caridad, el servicio al más necesitado, y nosotros no somos nadie para decir que eso no tiene valor. Son expresión de la misma causa de Dios: el amor y el servicio a sus criaturas, y esto es bueno, lo haga quien lo haga. Los valores no son propiedad de nadie.

Las acciones buenas las podemos ver y las podemos reconocer en toda persona. Los que nos preciamos de ser discípulos de Cristo tenemos que ser incluyentes, tenemos que sumar, aunque no tengamos la misma expresión de fe o la práctica de la vida cristiana.

Esto es más provechoso para todos, que en cada persona haya un agente del bien, de la verdad, del amor, del servicio, de la fraternidad, de la reconciliación, del perdón.

Todos los bautizados en Cristo tenemos la misión de ser profetas; puestos en el mundo para anunciar, para dar testimonio del amor, de la verdad, de la santidad de Dios, y para denunciar y desenmascarar el mal, y combatirlo con la fuerza del bien. Estamos llamados a ser profetas que testimoniamos y anunciamos todo aquello que se opone a la obra salvadora de Dios.

Esto no debe cumplirse dentro del templo, sino más bien fuera del templo, en la familia. Los papás, por ejemplo, tienen que ser profetas del Padre ante sus hijos, dándoles a conocer el amor y el temor de Dios. Los hijos, profetas entre los hermanos.

Afuera del templo, en el mundo del trabajo, también estamos llamados para anunciar, con nuestra vida, el amor y la santidad de Dios, evitando el engaño, la mentira, la corrupción y la injusticia.

A veces nos lamentamos por todo ese mundo de violencia, inseguridad, desaparecidos o el tráfico de la droga. Nos duele que existan estas expresiones del mal. Pero no basta lamentarnos. El mal se combate haciendo el bien contrario. Esta misión de construir el bien la tenemos encomendada especialmente los cristianos.

En la Iglesia hemos celebrado, la semana pasada, a los Tres Arcángeles, Gabriel, Miguel y Rafael. La Iglesia une a los tres, para recordarlos. Están al servicio de Dios y de su obra. Además, están para protegernos. Por eso le tenemos fe a cada uno de ellos, porque están cerca del Señor, cumpliendo una misión. Encomendémonos a ellos, especialmente a San Miguel Arcángel, para vencer las insidias del mal.

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