Donatismo

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

En el 304 d.C. Diocleciano promulgó un cuarto edicto general que obligaba a los cristianos del Imperio Romano a ofrecer sacrificios, incienso y libaciones a los dioses paganos, recibiendo así el favor imperial. Aquellos que se resistieran a la apostasía y siguieran rindiendo culto solamente al Dios cristiano, sufrirían el más ignominioso de los tormentos e incluso el martirio. Algunos cristianos sucumbieron al miedo y cayeron en apostasía; otros, traidores de su fe, llenos de cobardía y debilidad, ante las amenazas entregaban objetos sagrados para ser profanados o delataban cristianos.

Entre los “confesores”, que habían mantenido la fe en medio de los tormentos sin llegar al martirio, hubo quienes negaban el admitir de nuevo a los traidores y apóstatas. Inclusive, algunos enseñaban que los pecadores debían de recibir de nuevo el bautismo para poder ser readmitidos en la Iglesia.

Este movimiento rigorista tuvo un punto de referencia en la Iglesia de Cartago. A la muerte del obispo Mensurio en el 311, fue elegido como su sucesor el Diácono Ceciliano, consagrado obispo por Félix de Aptonga, considerado como un apóstata y traidor durante la persecución de Diocleciano. Donato juzgó ilegítima su consagración episcopal y, en un conciliábulo, presidido por Segundo de Tigisis, se depuso y nombraron a un tal Maiorino, al que al año siguiente, en el 313, también lo removieron para  elegir como obispo de Cartago al mismo  Donato.

Después de que el emperador Constantino firmara el tratado de Milán en el 313, con el que se daban por terminadas las persecuciones a la Iglesia de Cristo, él mismo quiso que se llegara a la paz. Casi inmediatamente intervino en la disputa de Cartago, por lo que convocó un sínodo en Roma presidido por el Papa Milicíades. Este sínodo apoyó al obispo Ceciliano, considerando legítima su consagración. Esta resolución provocó el descontento de los partidarios de Donato, que apelaron a un nuevo sínodo que se realizó en las Galias, en Arles, confirmando la legitimidad de Ceciliano. Donato, no aceptó la resolución y comenzó un cisma, al consagrar presbíteros y obispos sin autoridad, que violentamente se fueron imponiendo en muchas ciudades del Imperio.

En cuestión doctrinal, los donatistas defendían que la eficacia de los sacramentos dependía del estado de gracia del ministro, por eso consideraban ilegítima la consagración episcopal por un apóstata. También afirmaban que la Iglesia debería de ser enteramente pura, limpia, por lo cual negaban el perdón a los que cometían pecados muy graves. Concluían que los pecadores deberían ser expulsados de la Iglesia.

Los movimientos rigoristas siguen existiendo todavía en la Iglesia, sobre todo aquellos que consideran que la eficacia de los sacramentos está en la calidad moral de los ministros y no en la gracia de Cristo. ¡Cuántas personas se alejan de la vida de la gracia porque se han sentido decepcionadas de los sacerdotes! Otros, consideran que en la Iglesia solo tienen cabida los santos, como si se tratara de un club de “buenos” y no el Mesón de la misericordia.

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