Arrianismo

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Arrio nació en Libia, fue ordenado presbítero de la Iglesia de Alejandría y destinado, por su obispo Alejandro, a la comunidad de Baucalis. Era un hombre bien intencionado, lleno de misticismo y con una vida ascética ejemplar, trabajador, además de ser muy hábil para la elocuencia y la dialéctica, llegando muchas veces, sin embargo, a la terquedad en sus opiniones.

Arrio se había formado en la escuela teológica de Antioquía que, para contrarrestar el monarquianismo, se inclinaba al subordinacionismo, es decir, negaba que el Padre y el Hijo fueran consubstanciales, haciendo al Hijo inferior y subordinado al Padre. Jesucristo sería un ser excelente, pero sólo una criatura.

Arrio defendía la unidad absoluta de Dios, eterno, increado, incomunicable; fuera de él todo sería criatura. Enseñaba que el Verbo (Cristo) no es eterno y habría sido creado, no por necesidad sino por la libérrima voluntad divina. Dios lo habría creado para que le sirviera como demiurgo, como un agente ordenador en la creación del mundo. Afirmaba que el Verbo no es de naturaleza divina, sino de diferente esencia de Dios, mudable e incluso susceptible al pecado. En cuanto, criatura sería la más excelsa de todas, el primogénito de la creación, por encima de todo lo creado, que por ser obediente al designo de Dios y haber resucitado, habría llegado a tal sublimidad que puede ser llamado simbólicamente como Dios, sin serlo.

Las doctrinas de Arrio pronto encontraron muchos adeptos, especialmente en las clases letradas, procedentes del helenismo que gustaba mucho de la especulación. También era una solución intelectualmente aceptable al problema de la unicidad de Dios y de la diferencia personal entre el Padre y el Hijo.

El obispo Alejandro de Alejandría trató de disuadir a Arrio de sus errores, pero se afianzó en ellos, provocando que su obispo lo excomulgara después de haber celebrado un sínodo para condenar sus doctrinas. Arrio encontró refugio en Palestina y Nicomedia donde ganó adeptos, entre los que sobresalen Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea, el historiador eclesiástico. Fue el Concilio de Nicea, celebrado en el 325, el que condenó la doctrina arriana y expuso con claridad que el Hijo, que se había encarnado tomando carne humana, era consubstancial al Padre, de su misma naturaleza. Aunque el Concilio no acabó con la difusión del arrianismo, definió con claridad meridiana la doctrina fundamental de nuestra fe.

Las consecuencias doctrinales del arrianismo son funestas, por dos razones: porque pretende que Dios quepa en la razón humana y no la razón humana adaptarse a lo que Dios nos ha revelado: que Jesucristo es su Hijo, Dios como el Padre. Por otra parte, la vocación del hombre a participar de la vida divina queda clausurada porque no habría una mediación capaz de unir la divinidad con la humanidad. Además, resultó ser una herejía con tintes políticos, pues pronto los emperadores, recién convertidos al cristianismo, intervinieron tomando postura a favor del arrianismo, constatando que cuando la política se mete en cosas de fe, ambas pierden.

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