Llevar a la Virgen

Pbro. Armando González Escoto

Lo que inició como un movimiento espontáneo de la ciudad de Guadalajara, en noviembre de 1734, cuando tuvo lugar la primera romería luego del patronato, se ha convertido con el paso de los siglos en un acontecimiento religioso de gran escala.

Cuando las autoridades civiles y eclesiásticas normaron la visita anual de la imagen de la Virgen de Zapopan a la ciudad episcopal de Guadalajara, solamente establecieron las ceremonias con que debía recibirse, acompañarse y despedirse dicha imagen, así como las condiciones específicas y las personas concretas que deberían ir por ella a su santuario para luego restituirla. Pero desde aquel mismo año la gente se impuso a sí misma el deber de acompañar a la Virgen el día de su regreso.

Don Matías de la Mota Padilla, historiador contemporáneo a los orígenes de la tradición, dirá que el día en que la Virgen retorna a su santuario, toda la ciudad la acompaña;  siempre como un acto de gratitud, una ofrenda, un movimiento de la sensibilidad religiosa que no veía bien que la Virgen regresara sola, luego de haber permanecido en la ciudad por cuatro meses. Llevar a la Virgen cargando su carroza o tirando de ella, acompañarla, caminando descalzos, o portando jaulas de pájaros, será el antecedente de las danzas, las bandas de música y de guerra, así como la nutrida participación de todos los pueblos comarcanos que acudían, como es natural, llevando sus monturas. Vendrán luego las ristras de cohetes que iban señalando por toda la ruta el punto exacto donde la imagen iba pasando. De tramo en tramo se decían “décimas” como ocurre todavía hoy en las procesiones sevillanas de la Macarena; fieles diversos, caracterizados por un traje especial, subían a estrados previamente colocados, para decir elogios rimados que concluían con la suelta de palomas.

Luego de 284 años la tradición se mantiene enriquecida por las aportaciones culturales de numerosas generaciones, mostrando además una peculiar gama de enfoques, pues en buena medida se constituye en el termómetro que mide el grado de involucramiento de la comunidad, su capacidad de respuesta y de esfuerzo, su solidaridad religiosa, su identidad local, su convocatoria extra regional, su poder para superar las distinciones de clase. Cada uno de estos parámetros varía, arrojando resultados distintos cada año, mismos que no siempre son adecuadamente analizados, ni mucho menos producen respuestas o trabajos de reflexión.

El acontecimiento se desarrolla como cada año, los medios de comunicación le dan el espacio que sus criterios determinan, otros cuentan los kilos de basura que se recogen, otros más polemizan acerca de la cantidad de personas que asistieron. Miembros de órdenes religiosas, masculinas y femeninas, acompañan la procesión o la presencian al igual que algunos sacerdotes diocesanos; de esta suerte, la manifestación religiosa más multitudinaria del continente transcurre entre la masiva participación de los fieles, la acción organizativa de las autoridades seculares, la mirada atenta de los competidores, y la ausencia de no pocos líderes cristianos.

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