María y el fruto de su vientre

Hermanas, hermanos en el Señor:

Una vez más, la Bendita Imagen de Nuestra Señora de Zapopan, como lo hizo con su pariente Isabel, nos visitó.

Con paso intrépido recorrió nuestros caminos, con alegría festiva engalanó nuestras calles, sonorizadas a los compases de tamboras, con la rítmica acrobacia de los danzantes y el repique de las campanas.

Fue vitoreada como Pacificadora, Generala, Protectora y Reina; fue escoltada por su guardia, que está celebrando su octogésimo aniversario, y que engalana sus visitas, dándole un trato propio de una Reina y Señora. En estas visitas de la taumaturga Imagen, vemos cumplidas las profecías de Zacarías, “canta de gozo y regocíjate, pues vengo a vivir en medio de ti” (2,14).

Hemos de aplicar, simbólicamente, este texto a las visitas de la Zapopana cuando, en medio del gozo, es entronizada en los altares de las comunidades parroquiales de nuestra ciudad, quedándose a vivir en medio de nosotros.

Aunque imperceptible para muchos, por la pequeñez de la Imagen, hay un elemento en sus atuendos que está, precisamente, en su vientre, un relicario que conserva una pequeñísima imagen del Niño Jesús. Este relicario es signo de que María lleva en su vientre al mismísimo Hijo de Dios, de que Ella está gestando a Dios, compartiéndole de su carne y de su sangre, para que el autor de toda vida pueda asumir nuestra vida humana, nuestra naturaleza humana.

María teje en su seno al Hijo de Dios, con la fuerza y el poder del Espíritu Santo, que es el principio de vida, señor y dador de vida, que permite no sólo que el Verbo se encarne, sino que todos tengamos vida, pues el soplo divino nos hace seres vivos, que participamos de Él y de la vida trascendente.

Existe una estrecha relación entre María y Jesús por los lazos de maternidad y de filiación, que se estrecharán aún más, porque María será la primera y más grande discípula misionera. Tan estrecha es la relación que, cuando llega María, llega también Jesús; cuando está María, está también Jesús.

Cuando María visita a su pariente Isabel, ésta recibe a María, pero también a Jesús. Y la fuerza vital del Espíritu, que gesta a Jesús en el vientre materno, es la misma fuerza vital que ilumina a Isabel, y le revela que aquella que la visita es bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de su vientre.

De la misma manera, Isabel reconoce que la joven que recién está esperando un hijo, ya es la Madre del Señor. No se trata, por tanto, de un apéndice de su cuerpo, ni de un miembro de su cuerpo, sino de alguien ya totalmente distinto, pero no por ello independiente. María porta ya, en su vientre, apenas las primeras células del cigoto, al Verbo encarnado, que sin dar un salto cualitativo, se desarrollará como embrión, y luego como feto, para disponerse a nacer en Belén, y desarrollarse como niño, adolescentes, joven y adulto. (Primera de cuatro partes).

 

 

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