En nombre de Dios, ¡basta de muerte!

Hermanas, hermanos en el Señor:

La crisis antropológica que estamos viviendo, y se refleja en tratar a la persona como si fuera un objeto que se puede comprar, vender, usar y desechar al gusto de cada quien, es un gravísimo contrasentido que nos está destruyendo, que está generando un infierno de violencia, inseguridad, miedo y muerte, cuya única causa es el interés de sacar dinero a costa de la vida del hombre. Esto no está de acuerdo con el proyecto de Dios.

Debe resonar, con fuerte voz y con profética energía, nuestra voz, unida a la de santa Isabel, “bendito el fruto de vientre”, María, bendito todo ser humano desde el momento de su concepción hasta el momento de su muerte natural. Bendito en todas las circunstancias y etapas de la vida; bendito, porque tú, Madre, lo llevas espiritualmente en tu seno materno. Y ante tu Hijo, el Juez, que ha de venir a premiar a los justos queda inculpado todo aquel que desprecie la vida humana.

Me dirijo a todos los que, como Pastor, Dios me ha confiado a mi cuidado. Basta de hacernos el mal, basta de muertes injustas, la sangre de los muchos a los que se les ha arrebatado injusta y violentamente la vida, está clamando venganza del Cielo. Basta, en nombre de Dios y de María Santísima, de tanta violencia. No permitamos los cristianos que el valor de una persona sea tasado por dinero o decidido por las circunstancias en las que fue concebido, sea por su condición social, o de salud, o cualquier otro motivo.

El aborto, por ejemplo, es un ejercicio de selección artificial, donde la vida del ser humano se juzga a partir de parámetros no de dignidad humana, sino de circunstancias reguladas convencionalmente. Esta forma de selección que determina quien tiene derecho a nacer y quien no, puede ser leído e interpretado como un juicio sobre la dignidad y la valía sobre aquellos que sí han cumplido todos los requisitos legales para poder gozar del derecho inalienable de la vida, o quienes no son gratos desde su concepción y, por ello, deben morir.

La aprobación legal del aborto es proclamar, desde las más altas tribunas de la Nación, que sólo en la medida que las personas son deseadas, o que están sanas, o que están en las mejores condiciones de existir, vale la pena que sean considerados sujetos de derechos o no; es condicionar los derechos humanos a criterios subjetivos. Una vida humana no puede ser condicionada en ningún momento de su existencia.

Por ello, el aborto es la puerta de entrada a todo género de violencia, porque se ejerce contra quien es incapaz de autodefensa, se le asesina con premeditación, alevosía y ventaja; se comete un crimen contra el más indefenso, el más inocente, contra la esperanza de la Humanidad. Y si un Estado se pone al servicio de la muerte de quien más necesita su protección, ese Estado no es justo, es una tiranía de ideología de muerte.

Hoy debe resonar en nuestra conciencia social: “bendito el fruto de tu vientre”. Y debemos bendecir a cada ser humano que fue concebido en el seno generoso de una madre que, seguramente, se vio en circunstancias que dificultaban su embarazo; debemos bendecir a todos los seres humanos, sobre todo a aquellos que la cultura del descarte ha colocado en las periferias existenciales.

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