Acompañar a víctimas de la muerte

Hermanas, hermanos en el Señor:

Delante de Dios hemos de confesar y defender la dignidad de todo ser humano, y como seguidores de Jesucristo, el viviente, hemos de rechazar todo tipo de violencia, de injusticia y de muerte.

En este momento de nuestra historia debemos impedir otra muerte injusta y prematura, como tantas que ya ha sufrido nuestro pueblo, que se ve azotado por esta espiral de violencia y de muerte que parece que no tiene fin.

El evangelista Mateo, en el capítulo 25, nos narra una parábola de Jesús sobre el juicio final, en la que el juez separará, de un lado, a los que hicieron el bien, y del lado de la condenación, a los que no lo hicieron. Los condenados le preguntan al juez la razón de su condena, y él responde: porque no me dieron de comer ni de beber, no me vistieron, no me asistieron en la enfermedad o encarcelamiento.

Si no hacer el bien es causa de condenación eterna, ¿qué podrá decir el juez eterno a los que hicieron el mal? ¿Cómo será el juicio de Dios para los que arrebataron injustamente la vida a otro hermano, como Caín a Abel? ¿Qué justificación tendrán aquellos que ponen fin a la vida sagrada de un ser humano? ¿Cómo presentarse ante un justo juez con las manos manchadas de sangre?

A aquellos que provocan sufrimiento y muerte a sus hermanos los invitamos, desde la mirada misericordiosa de Jesucristo, y de la mirada maternal de María, a que dejen de obrar el mal, que no sea sólo el temor de la condenación eterna que pesa en los operadores de mal lo que los haga recapacitar, sino el amor infinito de Dios, que los llama a ser sus hijos, a ser hermanos de aquellos que se han visto, por su causa, privados de su vida, de su libertad o de sus bienes.

Quiero, además, externar mi deseo de acompañar como Pastor, y bendecir el dolor de tantas madres que han visto cómo arrebatan la vida de sus hijos por la mezquindad del corazón egoísta del hombre. Queremos acompañar, como Iglesia que busca compartir la vida nueva en Cristo, el vacío que han dejado los cientos de desaparecidos en nuestro Estado, y consolar la profunda angustia de sus madres que no saben si todavía viven o ya han muerto.

Como Iglesia, imagen de María, queremos acompañar la maternidad de tantas mujeres que tienen que llevar un embarazo difícil y doloroso. La presencia maternal de la Virgen nos cuida y nos mira con amor. Hemos de profesar con íntegra fe y proclamar con gozo, que la vida triunfa sobre la muerte, que Jesús ha cargado con toda la maldad y perversidad, y que, por sus llagas, hemos sido curados. No debemos temer a la muerte, porque desde el momento en que Cristo resucitó, ella ya está vencida junto a sus promotores.

Parece que la cultura de la muerte se impone, pero nuestra profesión de fe nos dice que Dios tiene la última palabra, y esa palabra, es de vida. Por eso, hoy decimos, en nombre de toda la Iglesia, en nombre de todos los seres humanos, bendita la vida, “bendito el fruto de tu vientre”

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