Cambio de esquemas

Pbro. Armando González Escoto

En el pasado encuentro de pastoral urbana celebrado en la UNIVA, uno de los expositores insistía en la necesidad de llevar el Evangelio a los espacios nuevos donde se mueve la vida, pero con un esquema distinto, es decir, no se trata de poner en una plaza comercial una sucursal de la sacristía. Interrogado el conferencista acerca de cuáles deberían ser entonces los nuevos esquemas, la respuesta se hizo eco de otras que en ese mismo encuentro se escucharon: Debemos ponernos en búsqueda, no hay ni debe haber “recetas”, a veces lo que se hace es simplemente mirar, darse cuenta, tomar conciencia.

La tarea no es fácil porque se trata de crear más que de repetir. La comunidad católica a lo largo de los siglos ha sido sin embargo extraordinariamente creativa, y sus frutos tan efectivos que duran por siglos, o queremos que, habiendo sido eficaces, duren por siglos… error que se ha cometido con bastante frecuencia.

Por seguridad o hasta por comodidad, tendemos más bien a repetir, cuando mucho a medio modificar los mismos esquemas, con la esperanza de que esos cambios de superficie puedan mantenerlos todavía en uso por mucho tiempo. Un ejemplo de esto se observa cuando sugerimos celebrar con una Misa, las nuevas efemérides de la sociedad secular: día del burócrata, del medio ambiente, del libro, del cáncer, de la mujer, etc. sin advertir que, para una sociedad que ha perdido la fe o nunca la ha tenido, la Misa más le cansa que ayudarle, ¿No podríamos crear otro tipo de celebración para estos y tantos otros casos? En la antigua tradición cristiana a la consagración eucarística no podían asistir quienes no tuvieran verdadera fe, era parte de la pedagogía y del misterio.

En el fondo lo que se debate es si la Iglesia debe seguir catequizando, es decir, educando en la fe, o si, advirtiendo que la urgencia radica en la participación del kerigma, deba aplicarse intensamente en instaurar nuevas maneras de hacerlo; adecuadas a las infinitas condiciones de vida del hombre contemporáneo. Para un personal eclesiástico mayoritariamente educado en la fe, el primer y mayor reto sería ponerse a la búsqueda del kerigma, es decir, a la recuperación de la experiencia de Dios, como se ha hecho invariablemente cada vez que la Iglesia debió enfrentar situaciones semejantes a la actual.

Consideremos por otra parte que, casi todo el patrimonio cristiano de prácticas religiosas, litúrgicas, evangelizadoras, devociones, oraciones, rituales… fue “creado” en algún momento de nuestra historia por personas muy sensibles a la realidad de su tiempo, y muy creativas para responder a esa realidad; aún los mismos sacramentos, parte fundamental e irrenunciable de la vida cristiana, debieron desarrollar un sinfín de formas, de modos, de esquemas, para expresarse a tenor de los tiempos y los espacios en que se fueron desarrollando.

Sin duda, resulta difícil salir a las periferias existenciales, pero es todavía más difícil que salgan de nosotros los esquemas habituales.

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