Pelagianismo

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Pelagio, originario de Gran Bretaña, nació aproximadamente en el 355 d.C. en el seno de una familia cristiana. Aunque no se sabe nada de sus primeros años, se puede deducir que, por su cultura clásica latina, fue educado en escuela romana. Lector asiduo de San Cipriano, del que aprendió su ardiente acento exhortativo; de Lactancio, del que asumió que el cristianismo es la más sublime filosofía moral; y de San Ambrosio de Milán, del que asimiló su viva humanidad.

Pelagio llegó a Roma cerca del 375 a completar sus estudios jurídicos, logrando una gran capacidad de elocuencia y erudición. Fue un hombre ordenado, equilibrado, con un excelente sentido de respeto por las personas y de su libertad. En Roma llevó una vida de soledad dedicándose al estudio de las Sagradas Escrituras y de libros morales. Encontró su vocación monástica en la Urbe y alcanzó fama de buen director de almas y de maestro, especialmente de los principios ascéticos.  Reunió en torno suyo a muchos admiradores, especialmente a quienes deseaban adelantar en la vida cristiana, entre los que sobresale Celestio, hombre que gustaba de la dialéctica y tenía habilidades discursivas, por lo que fue más bien él quien propagó la doctrina de su maestro.

Pelagio predicaba que el hombre había sido creado libre, por lo que es capaz de elegir siempre lo que le conviene sin necesidad de ninguna ayuda exterior de la gracia. Una persona puede abandonar el pecado por su iniciativa y puede adelantar en la vida de la gracia haciendo obras buenas por su propia voluntad, porque, siendo libre, el hombre es capaz de todo lo bueno, si lo quiere. Cada uno puede salvarse si así lo decide, todo depende de la libertad humana, que no quedó dañada después del pecado de nuestros primeros padres. Enseña que no existe una naturaleza corrupta por el pecado original,  ni concupiscencia, solo un mal ejemplo de Adán al desobedecer a Dios, pues su pecado es solamente de él, no de sus hijos, por lo que los niños nacen sin culpa alguna, como Adán en el paraíso. Esta doctrina lleva una consecuencia desastrosa, pues, Jesucristo resulta inútil para la salvación, apenas un buen ejemplo que se debería seguir o un maestro que enseña cómo se debe comportar, pero no más.

El peligro doctrinal y moral del pelagianismo fue expuesto en el Sínodo de Cartago del 411 por un diácono milanés llamado Paulino, pero el maestro antipelagiano fue San Agustín de Hipona, que logró convencer de la perversidad de esta doctrina al Papa Inocencio I y al Papa Zósimo; el pelagianismo se condenó definitivamente por el Sínodo de Cartago del año 418, que ratificó el Papa con su Epistola Tractoria.

El pelagianismo pervive en espiritualidades o actitudes voluntaristas, en la soberbia autosuficiente del mundo tecnificado. Considera a Dios o a su gracia acaso como un accesorio, una ayuda externa. Cree que la salvación y el bien está solo en nuestras manos, que todo depende del ser humano.

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