Semipelagianismo

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Después de la condena del pelagianismo como doctrina contraria a la fe católica por el Papa Zósimo, surgió una nueva doctrina herética que quería mediar entre el pelagianismo y la doctrina de San Agustín, porque a ambas posturas las consideraban exageradas, pues, a su parecer, una era contraria a la gracia de Dios y otra a la libertad humana.

Frente a la autosuficiencia pelagiana, que colocaba a Dios y su gracia como una mera ayuda externa para alcanzar la salvación y realizar el bien, San Agustín afirmaba que la naturaleza humana, por el pecado original, había quedado profundamente dañada, de modo que no podía alcanzar por sí misma la salvación ni realizar obras meritorias que ganaran el cielo a quien las realizara. Anotaba, con toda verdad, que la salvación, junto con todas nuestras buenas obras, como la perseverancia en la fe y la caridad, son obra gratuita de Dios, que actúa en el hombre por medio de su Espíritu Santo, sin que ello significara que la libertad humana fuera anulada, pues Dios actúa sólo cuando el hombre, con su libre albedrío, responde a la llamada de la gracia. San Agustín sí reconocía que por sí misma, sin la gracia, la libertad no podría nada en orden al mérito de la salvación eterna. Dios actúa con su gracia siempre respetando nuestra libertad, pero nuestra libertad corrupta por el pecado no podría nada sin la gracia de Dios.

A Juan Casiano, abad del monasterio de San Víctor de Marsella, la postura de San Agustín le parecía demasiado exagerada, pues creía que ponía en tela de juicio la doctrina de la predestinación de parte de Dios, que quiere que todos los hombres se salven. Pensaba que sería injusto si Dios a algunos les ofrece su gracia para obrar el bien y a otros se las niega; por otra parte, también pensaba que al actuar de esa forma se negaba la libertad humana. Así, él afirmaba que el initio fidei le corresponde al hombre, de esta forma se salvaguardaba la voluntad salvífica universal de Dios y la libertad del hombre. Al inicio de la fe le toca al hombre dar el primer paso y con esa primera decisión viene sobre él la ayuda de la gracia, necesaria para poder perseverar en el bien y alcanzar la salvación. Casiano ponía el ejemplo del enfermo que es el que busca al doctor y el de Zaqueo, que fue él quien dio el primer paso para encontrar a Jesús, subiéndose al sicomoro.

La doctrina semipelagiana fue combatida por San Agustín ya anciano y, después de su muerte, por Próspero de Aquitania, Fulgencio de Ruspe, Cesáreo de Arlés. Este último fue el promotor del Sínodo de Orange, que con la aprobación del Papa Bonifacio II, condenó los errores semipelagianos por apartarse de la doctrina católica: Dios siempre tiene la iniciativa de la salvación, él nos llama primero y nosotros libremente respondemos, pero no somos nosotros los que tenemos la iniciativa, sino siempre Dios.

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