El darwinismo social

Pbro. Ernesto Hinojosa Dávalos

Sin duda alguna, son escandalosas –además de indignantes– las estadísticas que día a día nos ofrecen los medios de comunicación sobre la violencia que padecemos; pareciera no tener fin la agresividad que se nota en todos los rincones de nuestra sociedad.

El darwinismo social o la ley del más fuerte, ha encontrado amplia cabida en la vida ordinaria, el civismo y la buena educación parecieran haber sucumbido ante lo incivilizado, lo inculto y en algunas ocasiones, ante la barbarie. El modo de solucionar los problemas ya no es el diálogo o la comunicación, logros sin duda de la civilización, sino la violencia. La impunidad ha generado que los más fuertes deshumanicen a los que menos pueden y/o menos tienen, salir indemnes de todo tipo de maldades los envalentona para continuar por el mismo camino que seguramente les ha causado tantas ganancias y satisfacciones. El enojo y la frustración colectiva, se desahogan en el linchamiento (físico o moral) de los presuntos delincuentes o trasgrediendo la ley, aunque sea en lo pequeño. Los más débiles son siempre los que más sufren.

Que no sea así entre ustedes, dijo el Divino Maestro a sus discípulos, el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos (Mt 20,26). Grande tarea tienen los discípulos del Señor Jesús en una sociedad como la nuestra. La Iglesia llama también a todos los hombres de buena voluntad para concretar los esfuerzos en instaurar la paz en la tierra. La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo una novedad, cada vez más patente en un ambiente donde impera la hostilidad y la desconfianza, de hecho, la evangelización que la Iglesia realiza no puede estar desligada de la promoción de la justicia y de la paz, caminos para el verdadero desarrollo de las comunidades (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 66).

A los católicos no se nos debe olvidar el compromiso permanente de ser constructores de una civilización basada en la más profunda humanidad de la que cada persona es capaz, sin excluir a los más débiles. La construcción de la civilización del amor lo llama el Magisterio Social de la Iglesia, tema del que San Juan Pablo II fue un elocuente pregonero. Sin duda, el cristianismo en nuestra sociedad se encamina cada vez más, a la búsqueda de testigos profundamente convencidos del Evangelio; cristianos capaces de contribuir en la transformación social mediante su manera de vivir.

En un ambiente tan convulso como el nuestro, es bueno retomar la gran herencia que el Papa San Juan XXIII nos dejó con la encíclica Pacem in terris, publicada en 1963, y responder al llamado de establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo el magisterio y la égida de la verdad, la justicia, la caridad y la libertad.

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