La rectitud como vocación

Pbro. Armando González Escoto

Hacer de la rectitud el eje de la existencia, ha sido el común denominador de los santos. El pasado 23 de enero murió en nuestra ciudad, uno de los laicos más prominentes de la Iglesia de Guadalajara: don Enrique Varela Vázquez.

Don Enrique nació en 1928, en plena suspensión de cultos, cuando a la persecución religiosa de Calles mucha gente respondió con la guerra cristera. Sus primeros doce años los vivió en un ambiente de Iglesia perseguida, en una sociedad dividida, en un Jalisco herido por la devastación. Dotado de cualidades naturales destacadas, pudo muy pronto advertir su vocación en el mundo, y se puso a servirla con ejemplaridad.

Pronto, don Enrique se convirtió en un factor clave para la reconstrucción del tejido social e institucional de la sociedad jalisciense; miembro indiscutido de consejos políticos, culturales, empresariales y eclesiásticos; constructor infatigable de puentes y diálogos, cuya opinión y consejo serán siempre buscados y respetados ¿por qué?

Porque sabía escuchar antes de hablar, por su honestidad para disentir sin enemistarse; por la agudeza de su visión, por su inteligencia administrativa y su capacidad para establecer relaciones positivas; por su honestidad y su honradez a toda prueba, por lo acertado de sus juicios y propuestas, por los excelentes resultados que se obtenían de su gestión, porque daba confianza sin defraudarla; por su permanente disposición para ayudar a todo mundo gratuitamente, por la singular apertura mental que poseyó y que le permitía tratar y convivir con personas de todos los credos, las ideologías y las conductas sin juzgar a nadie, y actuando todo el tiempo con una inigualable discreción, ¿por qué?

Don Enrique llevaba una profunda vida interior, era un católico de misa diaria y convicciones profundas pero no ostentosas; que cada sábado acudía, en compañía de su esposa, al santuario de Zapopan y cada noche sabía reconcentrar su vida en una oración silenciosa. Más que hablar o discutir sobre los valores cristianos, los vivía serenamente. Nadie como él, tan cercano colaborador de la jerarquía, y nadie como él tan independiente y tan genuino.

A los que decían que era masón les respondía que sí, “pero de grado 19 en honor del señor San José”, y si alguien decía que era un beato, asentía aclarando que era “beato independiente”. Hombre sencillo, honesto y cordial nunca aceptó los honores que la Iglesia o el estado suelen ofrecer a laicos y ciudadanos, e incluso, por las anécdotas que elegía y contaba dejaba traslucir su enorme distancia con relación a los boatos. Qué difícil fue hacer que aceptara el premio de la ciudad de Guadalajara, y al final lo hizo por amor a su ciudad, por la que tanto trabajó a lo largo de su existencia.

A este laico extraordinario se le puede aplicar el soneto que Juan Boscán dedicó a su amigo Garcilaso de la Vega: Don Enrique “…que al bien siempre aspiraste y siempre con tal fuerza le seguiste, que a tan pocos pasos de tras él corriste, en todo enteramente le alcanzaste.”

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