Monofisismo

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

El Concilio de Éfeso, celebrado en el 431, había condenado la herejía de Nestorio que afirmaba que entre la naturaleza divina y la naturaleza humana de Cristo había una relación sólo accidental y extrínseca, de modo que se podía hablar prácticamente de dos sujetos distintos en Jesús de Nazaret: uno humano y otro divino. La reacción no se hizo esperar de parte de algunos teólogos alejandrinos, que ahora acentuarían una unión tal que quedaría suprimida la naturaleza humana en Jesús.

Dióscoro de Alejandría enseñaba que hablar de dos naturalezas en Cristo sería como hablar de dos personas distintas, por lo que la naturaleza humana de Jesús quedaría absorbida  por la naturaleza divina, como una gota de miel queda absorbida en el mar; de modo que no existía verdaderamente una unión, sino más bien una asimilación total, una fusión o una conversión de la naturaleza humana en divina. De esta manera, se podría concluir que Cristo sería Dios verdadero, pero no hombre perfecto. Otro de los teólogos que enseñaban este error doctrinal era Eutiques, abad de uno de los monasterios más florecientes de Constantinopla, además que gozaba de una extendida fama de santidad y ortodoxia. Al patriarca de Alejandría como al Abad del monasterio de Constantinopla se les unió un alto dignatario de la corte de Teodosio II, llamado Crisafio, que convenció a la emperatriz Eudoxia para apoyar la causa monofisista.

Defensores de la ortodoxia, es decir, de la sana doctrina, fueron Teodoreto de Ciro, Eusebio de Dorilea y Flaviano, patriarca de Constantinopla, que presidió un sínodo regional en el que fue condenada la doctrina en presencia de Eutiques, que protestó públicamente contra el sínodo y apeló al Romano Pontífice, San León Magno. Este se hizo informar del asunto por medio de personas de fiar y de correspondencia con el patriarca Flaviano. La respuesta del Papa, que además era un teólogo, fue su célebre “Epístola Dogmática”, en la que expone la enseñanza católica sobre las dos naturalezas en Jesús y su unión personal.

Eutiques y Dióscoro no aceptaron la solución del Papa y pidieron al emperador que convocara a un sínodo en Éfeso en el 449, enviando el Papa a tres legados suyos, que los mantuvieron al margen del desarrollo del sínodo. Además de reafirmar su falsa doctrina, quisieron deponer a Flaviano de la sede constantinopolitana, pasando por alto las advertencias de los legados pontificios. Flaviano fue depuesto y llevado como un malhechor con tal brutalidad, que murió en el camino al destierro; misma suerte iban a correr los legados pontificios que alcanzaron a huir.

Después de varias vicisitudes se pudo realizar un Concilio ecuménico en Calcedonia en el 451, con el que quedaría zanjada toda la problemática, de modo que se declaró solemnemente como doctrina católica que en Jesucristo hay dos naturalezas, la humana y la divina, unidas sin división ni confusión en una sola persona, que es la del Verbo eterno, que se ha hecho carne por nuestra salvación.

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