El Santo Niño Huachicolero

 Fabián Acosta Rico

Es difícil que los encargados del culto de cualquier religión puedan mantenerla exenta de lo que podemos denominar religiosidad popular. Los sacerdotes mucho se esfuerzan por impedir que los creyentes tergiversen las creencias, las prácticas, los rituales, las imágenes que conforman el capital religioso de una fe. Ellos deben impedir desvíos e interpretación contrarios a la ortodoxia y al sentido común, y evitar así el surgimiento de movimientos y corrientes heréticas.

Este llamado a la pureza y disciplina doctrinal no siempre es observado. La religión no es sólo un asunto de sacerdotes, pastores, predicadores y hierofantes en general; la gente común es la que cree, reza, invoca y rinde culto de frente o de espaldas a sus autoridades religiosas. Por eso es fácil que surjan, dentro de la religiosidad popular, nuevos cultos que son fruto de la praxis religiosa espontánea, y muchas veces desinformada del pueblo.

Así está ocurriendo, desde el 2016, con el llamado ‘Santo Niño Huachicolero’.

En el Estado de Puebla, en el llamado Triángulo Rojo, entre los delincuentes dedicados al robo de hidrocarburos ha proliferado la veneración a una imagen que resulta ser una variante del Santo Niño de Atocha, de Zacatecas. En vez de portar el bastón y la canasta, sus manos llevan una manguera para extraer gasolina y un bidón. En los tianguis se ha popularizado la imagen que no ha tardado en ser reprobada por la Iglesia Católica por blasfema e incompatible con los mandamientos y principios del Catolicismo.   

El Presbítero Hugo Valdemar, canónigo penitenciario de la Arquidiócesis de México, declaró a medios impresos, que la Iglesia reprueba abiertamente este culto, surgido precisamente en el seno de una religiosidad popular carente de fundamentos doctrinales y contraria a las enseñanzas y mandamientos de la Iglesia. Es una práctica supersticiosa que contraviene  el precepto de no robar.

Desde Puebla, el culto al ‘Santo Niño Huachicolero’ se ha extendido a otros estados, haciéndose popular entre los huachicoleros que esperan del venerado niño su protección en su ilícita actividad de robar combustibles. He aquí la contradicción, el culto a esta imagen, señala Valdemar, implica el sacralizar un pecado; tal pretensión es una incoherencia teologal, que nada tiene de inocente; por el contrario, resulta más grave, en términos doctrinales, que el culto a la Santa Muerte o al delincuente sinaloense Jesús Malverde; dado que en estos dos cultos, lo que se venera no son imágenes sagradas, sino íconos no reconocidos por la Iglesia como propios; es decir, en su veneración se incurre en un acto herético más no sacrílego.

Por último, como bien lo advierte el Padre Valdemar, además de la trasgresión a la fe, en el culto al ‘Santo Niño Huachicolero’, hay una especie de patronazgo de la delincuencia; que desde una óptica sociológica y antropológica podría ser entendida, por la colectividad creyente, como un atenuador e incluso incentivador de un acto criminal, reprobado por la Iglesia y por el Estado.

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