Jornada Mundial del Enfermo. Llamados a imitar al Buen Samaritano

Pastoral de la Salud

El 11 de febrero la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Es la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, cuyo santuario destaca por su atención a todos los enfermos.

La comunidad cristiana ha dirigido desde siempre una atención especial a los enfermos y al mundo del sufrimiento. El Papa San Juan Pablo II instituyó esta Jornada en el 1992 como oportunidad para “para crecer en la actitud de escucha, de reflexión y de compromiso real ante el gran misterio del dolor y de la enfermedad”. Esta Jornada quiere ser para todos los discípulos de Jesús “un momento fuerte de oración, participación y ofrecimiento del sufrimiento para el bien de la Iglesia, así como de invitación a todos para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo el santo rostro de Cristo…” (Carta por la que se instituía la Jornada mundial del enfermo, 13 mayo 1992, n. 3).

Esta Jornada no se dirige sólo a los miembros de la Iglesia Católica, sino a todos los hombres de buena voluntad, “pues las preguntas de fondo que se plantean ante la realidad del sufrimiento y la llamada a aportar alivio, tanto desde el punto de vista físico como espiritual, a quien está enfermo, no afectan solamente a los creyentes, sino que interpelan a toda la humanidad, marcada con los límites de la condición mortal” (Mensaje, 1993). Es una ocasión de diálogo, encuentro y colaboración con los que no pertenecen a la Iglesia católica, “a fin de construir una civilización que avance cada vez más por el camino de la justicia, la libertad, el amor y la paz. Sin justicia el mundo no conocerá la paz; sin la paz el sufrimiento crecerá de forma ilimitada” (Mensaje 1996).

“A MI ME LO HICIERON”

Los mensajes de los Papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco animan a nuestras comunidades a renovar el compromiso para transformar la sociedad en una “casa de esperanza“, en colaboración con todos, viviendo una efectiva fraternidad y solidaridad (Mensaje 1997). Recordemos la enseñanza de San Pablo a los cristianos de Corinto: “Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él” (1 Cor 12, 26).

Al acercarse a los enfermos y a los que sufren, el discípulo de Jesús se guía por una visión precisa y completa de la persona humana, creada a imagen de Dios y dotada de la dignidad y los derechos humanos inalienables que Dios le dio; contemplamos, además, en quien sufre al mismo Señor Jesucristo y por eso desarrollamos actitudes y gestos de servicio: “Cada vez que lo hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicieron (Mt 25,40). Cuidamos el don de la vida en nosotros y en nuestros hermanos: tenemos esta responsabilidad. 

PROFESIONALES DE LA SALUD

Los mensajes de los Papas para esta jornada se dirigen especialmente a los profesionistas y voluntarios del mundo de la salud, sin olvidar a los familiares de los enfermos, los primeros que están llamados a manifestar sus cuidados corporales y espirituales a sus seres queridos enfermos. Reconozcamos con gratitud la importancia de las profesiones de la salud: están en primera línea en los cuidados y la asistencia, día y noche, todos los días del año. Se trata de una labor a menudo estresante y no siempre gratificante. Necesitan la cercanía orante de toda la comunidad para que actúen siempre con capacidad profesional, ética y espíritu de servicio generoso. 

OPORTUNIDAD PARA LA FE Y EL AMOR

Los enfermos “no cedan ante la tentación de considerar el dolor como experiencia únicamente negativa, hasta el punto de dudar de la bondad de Dios. Cada enfermo encuentra en el Cristo sufriente el significado de sus padecimientos. El sufrimiento y la enfermedad pertenecen a la condición del hombre, criatura frágil y limitada. Sin embargo, en Cristo muerto y resucitado la humanidad descubre una nueva dimensión de su sufrimiento: en vez de ser una derrota, el sufrimiento se manifiesta como ocasión propicia para ofrecer un testimonio de fe y de amor (Mensaje 1997). Cuando una persona ama de verdad, sincera y profundamente, es capaz de hacer cualquier cosa. El enfermo que ama le da otro sentido a su sufrimiento; ya no cuenta las noches de insomnio o los días de soledad, ya no lo atormentan sus penas o el pensamiento del fin que se aproxima. Siente en sí, dentro de él, una fuerza, un valor que no sabe explicar pero que lo sostiene y le dan serenidad y paciencia, pues “El amor es fuerte como la muerte” como leemos en el Cantar de los Cantares. “Nada se resiste al amor, todo lo transforma”; “Mi vocación es el Amor, en el corazón de mi Madre la Iglesia, yo seré el amor” decía Santa Teresita, quien bien conocía el sufrimiento por la tuberculosis que la aquejaba.

Los hospitales, según una visión de fe, son una especie de “santuarios” (San Juan Pablo II) en donde se encuentra a Jesucristo, en donde podemos reforzar y progresar en nuestra vida cristiana de discípulos del Señor. La Iglesia “en salida” no puede olvidar estos lugares, una de las “periferias” a las que el Papa Francisco nos invita a visitar, más bien debe dedicar a ellos sus mejores energías.

El 11 de febrero no puede faltar el recuerdo y la invocación a la Virgen María. Tenemos a una Madre que nos escucha, acoge, consuela y ampara. Ella siempre nos repite: “Hagan lo que Jesús les diga”. Resuenen en nuestro corazón las palabras que ella dirigió a San Juan Diego: «No te preocupes por esta enfermedad ni por ninguna otra desgracia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi amparo? ¿No soy yo tu salud?».

Papa Francisco: “A practicar con decisión la solidaridad”

El Papa Francisco nos ha enviado un mensaje para la 27 Jornada Mundial del Enfermo – 2019. Nos recuerda un versículo del Evangelio: «Gratis han recibido; den gratis» (Mt 10,8).

Citemos algunas de sus palabras.

La Iglesia, como Madre de todos sus hijos, sobre todo los enfermos, recuerda que los gestos gratuitos de donación, como los del Buen Samaritano, son la vía más creíble para la evangelización. El cuidado de los enfermos requiere profesionalidad y ternura, expresiones de gratuidad, inmediatas y sencillas como la caricia, a través de las cuales se consigue que la otra persona se sienta “querida”.

La vida es un don de Dios y… porque es un don, la existencia no se puede considerar una mera posesión o una propiedad privada, sobre todo ante las conquistas de la medicina y de la biotecnología, que podrían llevar al hombre a ceder a la tentación de la manipulación del “árbol de la vida”.

Frente a la cultura del descarte y de la indiferencia, deseo afirmar que el don se sitúa como el paradigma capaz de desafiar el individualismo y la contemporánea fragmentación social, para impulsar nuevos vínculos y diversas formas de cooperación humana entre pueblos y culturas. … La acción de donar no se identifica con la de regalar, porque se define sólo como un darse a sí mismo, no se puede reducir a una simple transferencia de una propiedad o de un objeto. Se diferencia de la acción de regalar precisamente porque contiene el don de sí y supone el deseo de establecer un vínculo. El don es, ante todo, reconocimiento recíproco, que es el carácter indispensable del vínculo social. En el don se refleja el amor de Dios, que culmina en la encarnación del Hijo, Jesús, y en la efusión del Espíritu Santo.

Cada hombre es pobre, necesitado e indigente. … El justo reconocimiento de esta verdad nos invita a permanecer humildes y a practicar con decisión la solidaridad… Esta conciencia nos impulsa a actuar con responsabilidad y a responsabilizar a otros, en vista de un bien que es indisolublemente personal y común. Sólo cuando el hombre se concibe a sí mismo, no como un mundo aparte, sino como alguien que, por naturaleza, está ligado a todos los demás, a los que originariamente siente como “hermanos”, es posible una praxis social solidaria orientada al bien común…

En esta circunstancia de la solemne celebración en la India, quiero recordar con alegría y admiración la figura de la santa Madre Teresa de Calcuta, un modelo de caridad que hizo visible el amor de Dios por los pobres y los enfermos. … Santa Madre Teresa nos ayuda a comprender que el único criterio de acción debe ser el amor gratuito a todos, sin distinción de lengua, cultura, etnia o religión. Su ejemplo sigue guiándonos para que abramos horizontes de alegría y de esperanza a la humanidad necesitada de comprensión y de ternura, sobre todo a quienes sufren.

La gratuidad humana es la levadura de la acción de los voluntarios, que son tan importantes en el sector socio-sanitario y que viven de manera elocuente la espiritualidad del Buen Samaritano. Agradezco y animo a todas las asociaciones de voluntariado… Sus servicios de voluntariado en las estructuras sanitarias y a domicilio, que van desde la asistencia sanitaria hasta el apoyo espiritual, son muy importantes. De ellos se benefician muchas personas enfermas, solas, ancianas, con fragilidades psíquicas y de movilidad. Les exhorto a seguir siendo un signo de la presencia de la Iglesia en el mundo secularizado. El voluntario es un amigo desinteresado con quien se puede compartir pensamientos y emociones; a través de la escucha, es capaz de crear las condiciones para que el enfermo, de objeto pasivo de cuidados, se convierta en un sujeto activo y protagonista de una relación de reciprocidad, que recupere la esperanza, y mejor dispuesto para aceptar las terapias. El voluntariado comunica valores, comportamientos y estilos de vida que tienen en su centro el fermento de la donación. Así es como se realiza también la humanización de los cuidados.

La dimensión de la gratuidad debería animar, sobre todo, las estructuras sanitarias católicas, porque es la lógica del Evangelio la que cualifica su labor… están llamadas a expresar el sentido del don, de la gratuidad y de la solidaridad, en respuesta a la lógica del beneficio a toda costa, del dar para recibir, de la explotación que no mira a las personas. Les exhorto a todos, en los diversos ámbitos, a que promuevan la cultura de la gratuidad y del don, indispensable para superar la cultura del beneficio y del descarte. … Sabemos que la salud es relacional, depende de la interacción con los demás y necesita confianza, amistad y solidaridad, es un bien que se puede disfrutar “plenamente” sólo si se comparte. La alegría del don gratuito es el indicador de la salud del cristiano.

Los encomiendo a todos a María, Salus infirmorum. Que ella nos ayude a compartir los dones recibidos con espíritu de diálogo y de acogida recíproca, a vivir como hermanos y hermanas atentos a las necesidades de los demás, a saber dar con un corazón generoso, a aprender la alegría del servicio desinteresado. Con afecto aseguro a todos mi cercanía en la oración y les envío de corazón mi Bendición Apostólica.

La celebración diocesana se realiza el domingo 10 de febrero a las 12 horas en la Catedral Metropolitana.

Las parroquias podrán celebrar la Jornada Mundial del Enfermo en sus fiestas patronales.

La Dimensión Pastoral de la Salud imprimió y distribuyó, en parroquias y hospitales, 60,000 estampitas con una oración.

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