Congreso constituyente

Pbro. Armando González Escoto

Mientras la delincuencia sigue dominando el escenario público de la vida de los jaliscienses, anda el gobierno estatal con la fatiga de querer hacer una nueva Constitución para Jalisco.

Ya vamos para dos siglos navegando en el mismo error, creer que todo se resuelve con la expedición de leyes, y que éstas deben ser promovidas y redactadas por los políticos, toda vez que sobrevive el prejuicio partidista de que sólo ellos saben lo que nos conviene; como en los mejores tiempos de don Porfirio, al pueblo lo que le corresponde es obedecer y callar.

Para enfrentar esta crítica tan real y constante, los nuevos políticos, o los más o menos renovados, han dado en el recurso de promover a modo una supuesta “participación ciudadana”, selectiva, manejada, y desde luego reducida, que dé la impresión de un genuino juego democrático, cuando no es otra cosa que la dictadura de siempre, por más que se vea afeitada.

Tanto la emisión de leyes como de constituciones debe nacer de la propia ciudadanía, en su defecto, debería ser consultada acerca de si está o no de acuerdo en un semejante proyecto cuando surge de la mente inquieta de los políticos. Ello supone una tarea amplia y profunda de información y formación a fin de que la consulta sea en verdad efectiva, y no suceda como ocurrió con la votación sobre el aeropuerto de la ciudad de México.

Por otra parte, cualquier ciudadano puede preguntarse si son más leyes o nuevas constituciones lo que necesita la sociedad, cuando las que tenemos, ni se conocen ni mucho menos se respetan. ¿Por el sólo hecho de ser nuevas… entonces sí se acatarían? ¿Acaso el estado de derecho se instala en la conciencia social por medio de decretos?

En este país, por decreto del superior gobierno se impuso la independencia, por decreto se impuso el primer imperio, por decreto se abolió, por decreto se impuso la democracia, por decreto se impuso el federalismo, y luego el centralismo y luego de nuevo el federalismo, por decreto se impusieron las leyes de Reforma, y todo un sinfín de aparatos legales que no respondían ni a las necesidades ni a los requerimientos de la sociedad. La etapa post-revolucionaria no rompió esta inercia, así que siguió, como hasta la fecha, cambiando la realidad de México por decreto, sin jamás involucrar, honestamente, a la gente.

Ahora resulta que un movimiento “ciudadano”, apenas logra hacerse con el poder, de inmediato lo secuestra y se dedica a repetir las mismas estrategias, los mismos vicios políticos, las mismas triquiñuelas, para mantener el mismo estado de enajenación democrática de la ciudadanía.

La función primera y principal del gobierno es garantizar la seguridad de las vidas y de los bienes de la sociedad, y ésta sigue siendo la tarea pendiente de los nuevos gobiernos, cuyos integrantes ahora nos salen más caros, sin que estos problemas esenciales estén siendo resueltos. Señores políticos, primero pacifiquen al país y luego pregunten a la sociedad sobre los medios y recursos adecuados para construir el futuro del estado y de la nación.

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