Foto: Seminario de Guadalajara

“Rueguen al dueño de la mies…”: ¡Gracias por su oración!

Francisco Morales González (2° Teología)

Pablo Arturo Muñoz Valenzuela (3° Teología)

Como último tema –el más importante, quizá- queremos dirigirnos a la comunidad diocesana para pedir su oración. Quizá la frase parezca un poco trillada, pues entre creyentes suele ser una petición tan común, que quizá en ocasiones pierda sentido. De manera particular, cuando vamos a las comunidades cada año, en ocasión del Día del Seminario y pedimos su oración por las vocaciones, no buscamos sencillamente repetir una consigna. En nuestra mente tenemos a cientos de niños, jóvenes y adolescentes que –como hemos señalado antes-comienzan a sentir el llamado a la vocación sacerdotal, pero que, por diversas razones, ven combatido su buen propósito por dificultades externas e inquietudes venidas del interior de su corazón.            

Tenemos en mente también a muchos hermanos seminaristas que, habiendo emprendido ya el camino hacia el sacerdocio, se enfrentan a una crisis en su vocación. Una vez más, las razones pueden ser diversas: dudas sobre la veracidad de su llamado, hartazgo tras muchos años de formación e inclusive decepción ante el mal testimonio de algún sacerdote. Ya sea que el joven o el adolescente que ha sido llamado esté apenas por iniciar el camino de la formación, o ya sea que lo haya iniciado ya, la dificultades que hemos mencionado antes demuestran la inmensa fragilidad de los que hemos recibido una vocación tan grande. En efecto, “llevamos este tesoro en recipientes de barro” (2Cor 4, l7).

Sin embargo, esta debilidad nos recuerda que no podemos pretender avanzar, ni sostenernos solos en este camino. Necesitamos el apoyo de muchos corazones orantes que obtengan para nosotros las gracias necesarias de parte de Dios. Es precisamente gracias a esos corazones orantes que muchas historias de crisis vocacional tienen un final feliz. Puede usted, querido lector, comprobarlo con facilidad si pregunta al seminarista que va de apostolado a su comunidad o que ha ido a su parroquia a llevar a cabo la colecta anual. Seguramente le contará algún testimonio personal o el de algún compañero seminarista, el cual tratará, probablemente, de alguna situación de tremenda dificultad que terminó por resolverse de manera prácticamente milagrosa.

Aquí volvemos al punto en el que comenzamos. Queremos invitarlo a que, cuando escuche usted que algún seminarista le pida oración, sea por él mismo, sea por las vocaciones en general, piense que usted puede ser el mediador de un verdadero milagro. Piense que al ofrecer sus oraciones, sacrificios o inclusive sus enfermedades y dificultades a Dios a favor de las vocaciones, está usted sosteniendo a algún seminarista en su lucha por llegar al sacerdocio.

…y de vuelta

Ahora bien, en la misma medida en que solicitamos del pueblo de Dios sus oraciones, nosotros también nos comprometemos, no solamente a orar por sus intenciones y necesidades, sino también a fortalecer nuestra vida de oración. Sobre todo este último aspecto redundará, aunque a largo plazo, en beneficio de los fieles. Por esto, es nuestra mejor manera de corresponderles.                                                                      

Ahora bien, puesto que nuestro deseo es educarnos en la vida de oración para bien de la Iglesia, precisamente deseamos hacerlo según las orientaciones de la misma Iglesia. La Congregación para el Clero, en efecto, ha emitido un documento llamado “El Don de la vocación presbiteral” (Ratio Fundamentalis Intitutionis Sacerdotalis), el cual nos brinda en sus números del 101 al 115, cómo debe ser la dimensión espiritual de un seminarista.

La vida de oración y la vida sacramental fortalecen al seminarista en su unión y su configuración con Jesús Buen Pastor, quien vivió haciendo la voluntad del Padre. Así, el seminarista forma en su corazón un “amor generoso y oblativo” que es el inicio de la caridad pastoral (RFIS 101-102). Gracias a ella, seremos capaces de entregarnos de manera más plena al servicio del pueblo de Dios. 

Los seminaristas somos invitados a familiarizarnos cada vez más con la Palabra de Dios mediante la práctica asidua de su meditación, utilizando, sobre todo, el método de la Lectio divina (RFIS 103). En la medida en que procuramos llevar a cabo esto nos volvemos más capaces de predicar y explicar la Palabra de Dios con unción y testimonio.

En el Seminario tenemos, cotidianamente, la celebración de la Eucaristía mediante la cual crece nuestra fe en este misterio maravilloso, que impregna cada vez más nuestra vida. De forma igualmente cotidiana, rezamos la Liturgia de las Horas, “verdadera y propia escuela de oración” en la cual aprendemos para que, en su debido tiempo, seamos nosotros maestros de oración para la comunidad. La recepción frecuente del sacramento de la penitencia nos capacita para llegar a ser confesores sabios, humildes y misericordiosos (RFIS 104-106).

Finalmente, la devoción a la Virgen María y las diversas expresiones de la religiosidad popular son dos elementos a los cuales no puede ser ajeno ningún seminarista, sino que los debe saber “discernir, orientar y acoger”. De esta manera el futuro sacerdote sabrá sentir con su gente en sus expresiones de fe y amor a Dios (RFIS 112.114).

Como en una carretera de ida y vuelta entre el seminario y la comunidad cristiana, oración recibimos y oración devolvemos. Deseamos estar a la altura de las necesidades espirituales de nuestro pueblo y corresponder adecuadamente a las oraciones sincera que en nuestro favor y el de nuestra vocación eleva.                                                           

Nuestra gratitud se traduce en acciones

Es interesante saber que de diferentes modos los seminaristas podemos responder a la llamada del Señor, y una de ellas es el cumplimiento del deber diario con alegría.

Los que nos preparamos al sacerdocio sabemos del inmenso sacrificio que hacen todos los fieles con su oración y ayuda económica para que nosotros nos formemos de la mejor manera. Es por esto que en las actividades diarias nos esforzamos por responder con gratitud a todos sus esfuerzos.

 Desde el levanto puntual, la oración atenta, el empeño en el estudio y el apostolado –en pocas palabras, nuestra actitud responsable de cara a nuestra formación-, hasta la misma gratitud explícita por nuestra vocación, tratamos de traducir nuestro llamado en obras concretas para ser fieles a la respuesta al Señor.

Sin duda que todo esto se logra gracias a la generosidad de tantos y tantos bienhechores anónimos que con su apoyo diario nos ayudan a lograr este fin: configurarnos más y más con Jesucristo Buen Pastor.  Dios recompense todos los esfuerzos que realizan por la formación de los futuros pastores del pueblo de Dios.

Datos

SEMINARIO MAYOR:

CIT (Curso introductorio de Tapalpa): 53

Facultad de Filosofía: 117

Facultad de Teología: 205

Seminaristas de Año de Servicio Pastoral: 48

Diáconos de Año de Servicio Pastoral: 33

Total: 456 seminaristas mayores

SEMINARIO MENOR:

1º preparatoria: 123

2º preparatoria: 72

3º preparatoria: 78

IVA (Instituto de Vocaciones Adultas) : 29

Total: 302 seminaristas

CASAS AUXILIARES:

Secundaria “Anacleto González Flores”: 100

Sem. Aux. de Totatiche: 108

Sem. Aux. La Barca: 19

Sem. Aux. Cuquío: 30

Sem. Aux. Ahualulco: 32

Total: 289 seminaristas

Total de seminaristas internos: 1047

Compilación: Saúl Iván Núñez Prado,  Primero de Teología

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