Conchita Cabrera de Armida en su proceso humano-espiritual

Concepción Cabrera de Armida fue una mujer de su tiempo, que vivió con intensidad su vida. Realizando con amor sus tareas de esposa, madre, hermana e hija, Conchita Cabrera fue logrando su camino hacia la santidad.

P. Jesús Montes Rodríguez, msps

Tuvo infinidad de vivencias humanas y espirituales que nos acercan a ella, porque son las que una mujer en sus diversas etapas puede llegar a vivir; vivencias en fin que como seres humanos todos podemos experimentar en nuestras diversas relaciones y encuentros.

Al acercarse a su proceso humano, aparecen con nitidez los rasgos de un siglo (XIX).

En la vida de Conchita encontramos diversidad de elementos socioculturales y espirituales que eran propios de su tiempo y que nos es útil identificar, pues nos ayudarán a comprender mejor su experiencia humana-espiritual, tan intensa y rica, que puede ofrecernos luces en nuestras búsquedas de enamoramiento y seguimiento de Jesucristo nuestro Señor. Hagamos, pues, un breve recorrido de su vida y obras.

Niñez y adolescencia

Conchita nació en San Luis Potosí el 8 de diciembre de 1862, día de la Inmaculada Concepción de María (hacía 8 años que el Papa Pío IX había declarado el dogma de la Concepción Inmaculada de María, y 4 años que la Virgen lo había ratificado en la gruta de Massabielle), dentro de una familia cristiana. Fueron doce hijos, entre los cuales ella fue la séptima.  Su salud fue muy frágil desde su nacimiento.  Cuando su madre estuvo embarazada de ella tuvo una enfermedad, fue un embarazo difícil y peligroso, enfermó gravemente y estuvieron en grave peligro de morir, o la madre o la hija. Contra toda esperanza humana, sobrevivieron las dos; después del parto, la mamá débil y enferma no pudo criar a su hija,  por lo cual pasa de unos brazos a otros al cuidado de varias nodrizas.

Fue bautizada el día 10 de diciembre del mismo año en la sacristía de la Catedral (hoy templo de San Juan de Dios). Fue confirmada el 5 de mayo de 1866.

Desde pequeña dio muestras de ser alegre y juguetona, queriendo participar con sus hermanos en sus juegos, pero como era noble su candor, que se reflejó en sus ojos hasta al último día de su vida, era bromeada con ello, llamándole “Inocencia”.

Poseía una grande piedad y se forjó en una profunda vida espiritual bajo la dirección del canónigo Luis Gonzaga Arias Rivera, tío suyo; con cierto énfasis en la penitencia –oculta para los demás, con una capa de sencillez, naturalidad y alegría–.

Sobre su educación cristiana ella dice: “Mis padres fueron excelentes cristianos.  En las haciendas siempre rezaba mi padre el Rosario con la familia y los peones y gente del campo, en la capilla.  Cuando por alguna ocupación urgente no lo hacía, quería que yo lo supliera.  A veces llegaba antes que cualquiera, y a la salida me regañaba de mi poca devoción.  Decía que mis Padrenuestros y Avemarías andarían paseándose en el purgatorio y nadie los quería de mal rezados”. También se inclinaba mucho por la oración y la soledad; dejó escrito: “sentía gran inclinación a la oración porque en mis penas de niña, cuando me regañaban, etc., y aun sin nada de eso, me encantaba esconderme a platicar con los ángeles y la Virgen María… Me encantaba la soledad y sufría con el ruido y que me quisieran llevar a paseo”. Le gustaba mucho hacer penitencia con su hermano Primitivo, confesarse y recibir los sacramentos.

Aprendió a leer y escribir con unas profesoras señoritas mayores de edad, y debido al ambiente hostil de persecución religiosa sólo pudo estudiar seis meses con las Hermanas de la Caridad; después su enseñanza fue escasa con algunos maestros, en casa. El 8 de diciembre de 1872 hizo su primera comunión.

Templo de San Juan de Dios, San Luis Potosí, donde fue Bautizada Conchita Cabrera en 1866.

Durante su niñez vivió en continuos viajes a las haciendas de sus padres y aprendiendo, con su mamá, todos los trabajos domésticos, incluso llevar la administración económica de su casa; creció en un ambiente de contacto con la naturaleza y con la gente sencilla del campo; pasaba las horas sentada al piano tocando y cantando, o jugando con sus hermanos al circo, carreras, montar caballo.  Aprendió a sembrar con la yunta de bueyes, a remar, a lazar reses y vaquillas.  Era valiente, resuelta, atrevida.

Su niñez y adolescencia transcurrieron con naturalidad, como la vida de una niña y jovencita de familia acomodada. Aprendió a montar caballos llegando a ser una buena amazona. Tuvo poca preparación académica. Vivió las distintas actividades propias del lugar y de la época.  En una fase de su crecimiento tuvo una imagen devaluada de sí misma: “Nada en lo que yo ponía la mano salía bien…”.

Joven y novia

Se desarrolló pronto. A los trece años ya era toda una joven hecha y derecha, buena y piadosa, sencilla, alegre, juguetona; le gustaba tocar el piano, cantar, pasear a caballo. Sin embargo, en su alma había altos deseos de perfección, pero nadie le enseñaba el camino. Ella nos dice de esa época: “De los 16 a los 20 años crucé por una época de bailes, teatros, paseos, vanidades, deseos de agradar (aunque sólo a Pancho, no importándome nada los demás)”. Sin embargo, en ese ambiente de mundo, sus anhelos espirituales no se apagaron.  Escribió ella: “En medio de aquel mundo que me cansaba y en el cual experimentaba un espantoso vacío, era muy fuerte la voz de Dios que en medio de mi disipación me hacía afianzarme de la penitencia, oración y sacramentos”.

            Se hizo novia del que más tarde fuera su esposo, Francisco Armida, tuvo otros pretendientes, entre ellos gente prominente, de fama y fortuna. Su  noviazgo con Pancho duró nueve años y contrajo matrimonio con él a los 22 años. 

Cuenta: “El día 16 de enero de 1876 me llevaron a un baile de familia y ahí se me declaró Pancho en toda forma, y acto continuo le correspondí.  Yo nunca había oído hablar de amores, y voy oyendo que sufría si no lo quería, que sería muy desgraciado si yo no le correspondía y cosas por el estilo que me dejaron fría.  Yo no me creía capaz de inspirar cariño, se me conmovió el corazón y se me hizo tan raro que sufriera aquella persona porque yo no la quisiera que le dije que si lo quería, pero no sufriera por tan poco…”. Además dejó escrito: “A mí nunca me inquietó el noviazgo en el sentido de que me impidiera ser menos de Dios. Se me hacia tan fácil juntar las dos cosas.  Al acostarme ya cuando estaba sola, pensaba en Pancho y después en la eucaristía que era mi delicia”.

            Antes de casarse cuando tenía 21 años de edad murió su hermano Manuel, en Jesús María de un balazo, por accidente.  Fue un trance muy doloroso. Conchita lo registró en su diario con estas palabras: “un golpe cruel, pero muy saludable.  Vino a cortar la corriente de mundo, bailes y teatros en donde yo andaba…  Volví, con el luto, a darme más a Dios, a pensar más cerca de Él, desprendiéndome de la corriente que llevaba a las vanidades de la tierra.  Sin embargo, no era sólo Él quien llenaba mi corazón…  Era Pancho con Él”.

Esposa

El 8 de noviembre de 1884, en la Iglesia del Carmen en San Luis Potosí, Conchita contrajo matrimonio con Francisco Armida.  Por lo que respecta a su vida de matrimonio aparecen en sus palabras las limitaciones y condicionamientos de su tiempo.  Como para tantas otras jóvenes de entonces, hubo confusión entre el desconocimiento de las realidades sexuales y la inocencia, al grado de que ella nos habla de su vergüenza y su desconcierto al quedarse por primera vez sola con su marido en el carruaje en el que se dirigían a su hogar, la misma tarde del matrimonio. 

La idea de que la fecundidad del matrimonio se realizaba al darse los esposos la mano en la Iglesia, es otro ejemplo de esa confusión y falta de formación. Pero aún dentro de esos condicionamientos y de esa mentalidad, la luz de Dios la hizo descubrir y apreciar el estado matrimonial; en sus escritos encontramos hermosas reflexiones como ésta: “El matrimonio es santo y su fecundidad es solo un reflejo de la de Dios”.

¿Quién fue Francisco Armida García?

Cuenta Conchita: “Pancho era muy bueno, cristiano, honrado, recto, inteligente.  Sensible a cualquier desgracia, excelente padre que no tenía más distracción que sus hijos… Era muy correcto en su vestir, fino en su trato, un hombre de hogar, muy obsequioso conmigo, muy sencillo, respetuoso y delicado.  Tenía carácter fuerte y enérgico que con el tiempo se le endulzó. 

Me tenía grande confianza y con frecuencia me hablaba de sus negocios tomando mi opinión aunque nada valía.  Era hombre de orden y metódico”. Murió a los 43 años habiendo tenido 9 hijos.  Conchita le dice a su marido en su lecho de muerte ¿Qué quieres de mí? … “Que seas toda para Dios y toda para tus hijos” (mayor información se puede consultar en el libro del P. Carlos Francisco Vera, “Francisco Armida, memorias de un marido enamorado”, publicaciones CIDEC, Editorial La Cruz, México 2016).

Madre

En los 17 años de matrimonio, hasta la muerte de su esposo en 1901, y luego ya como viuda Conchita dio testimonio de ser una madre fiel, muy amorosa y cuidadosa de sus 9 hijos, a quienes formó humana y cristianamente.  Cuatro de sus hijos se casaron; uno se ordenó sacerdote jesuita, otra hija se consagró a Dios como Religiosa de la Cruz, tres hijos murieron: uno de 6 años, otro de 18, ambos de tifoidea; y uno pequeñito de 4 años, ahogado por accidente en la fuente de su casa.

En una carta que Conchita escribe a su director espiritual, el obispo Maximino Ruiz, ella misma le dice que “por encima de todas las demás cosas su tarea primordial y su ocupación más importante es la educación de sus hijos”.

En este sentido, el testimonio mismo de sus hijos es muy revelador: “Mamá sonreía siempre”.  De tal manera era sencilla y discreta su vida que inclusive alguno de ellos dijo: “Mi mamá casi no rezaba”. Y en una entrevista realizada con ellos por el Padre Philipon, reconocido teólogo dominico francés, cuando él les explicaba que su madre había sido una gran santa y una gran mística, la respuesta de ellos fue: “Nosotros no sabemos nada ni de santidad ni de mística, pero si sabemos que mamás como ella, no las hay”.

Su personalidad

Ya dijimos que la personalidad de la Sra. Armida era muy rica. Tratar de describirla en unas cuantas líneas es una tarea compleja; para hacerlo se requiere tener en cuenta la época histórica en la que vivió (1862-1937), las costumbres, el modo de vida, el lenguaje usual, la vivencia religiosa de la época, situaciones políticas, y además entrar al mundo de la familia, amigos y sociedad de Conchita. Dibujemos aquí algunas pinceladas de su modo de ser y de actuar.

Conchita como mujer es muy mexicana: ama de casa, cuidadosa de los detalles del hogar, al pendiente de su esposo y de sus hijos, atenta a sus necesidades, siempre los trató con ternura y con la misma ternura habla de ellos. Destaca que siempre dio prioridad a sus deberes de estado, ejemplo de ello es una frase que era muy de ella: “vana sería mi ilusión si al querer cumplir con Dios no cumplo con mi obligación”.

Fue una mujer sensata, muy equilibrada, con los pies bien puestos en la tierra. Supo acomodarse a las exigencias de la época en la que vivió. Hablando de su marido decía que “tenía que condescender en ir a teatro y bailes, él nunca iba solo”. También decía que “el disfrutar de las fiestas y de su noviazgo nunca la alejó del amor de Dios”. Su personalidad psíquica era de contrastes: tenía una gran sensibilidad física y psicológica, fina, delicada; y sin embargo tenía una gran fortaleza para soportar el dolor físico y moral.

Fue una mujer débil físicamente, pero de una voluntad férrea y de pleno autodominio. Ella misma manifiesta su sensibilidad en sus escritos: “Yo siempre he sufrido mucho por querendona. Mucho ha sufrido mi alma por mi sensibilidad”.

Conchita era de escasa cultura, pero poseía una inteligencia innata que supo aprovechar y poner en práctica, sobre todo en el trato con sus hijos con quienes se mantiene enérgica a la vez que les habla con gran cariño y dulzura a la hora de aconsejarlos. He aquí un texto de la carta que escribe a Francisco, su hijo mayor, la víspera de su matrimonio: “… has sido un hijo modelo, espero que serás un esposo tan cristiano, digno, amante y noble como fue tu padre; así harás verdaderamente feliz a tu joven esposa que, con tanta bondad y amor, va a unir su suerte a la tuya”.

Otro rasgo de su personalidad es su extraordinaria sencillez. Todos los que la conocieron coinciden en que era “toda sencillez”. Era discreta, callada, prudente, mujer de altos vuelos en su vida espiritual, supo mantener todo con discreción; de hecho sus hijos no se dieron cuenta de muchas cosas de su relación con Dios y con las Obras de la Cruz.

Pero definitivamente, el rasgo central más importante de la personalidad de la Sra. Armida es su gran amor a Dios. Con toda verdad podemos decir que fue una mujer totalmente enamorada de Dios, y de este amor se desprendía su amor al prójimo y a la Iglesia. En ella se cumple y realiza el más grande mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”.

Escritora

Conchita es una de las más notables místicas de la Iglesia que escribió numerosas obras.  Sus textos cuentan con gran profundidad teológica, a pesar de su escasa formación y preparación académica, que no llegó ni siquiera a concluir el tercer grado de primaria.

Dentro de sus escritos, se cuentan 46 obras editadas y 26 obras inéditas, entre las que ocupa un lugar especial su “Cuenta de Conciencia” (su diario espiritual, que escribió por obediencia a sus directores espirituales). Abarca desde cuando ella tenía 31 años hasta cuando tuvo 74 años, muy poco antes de morir.  Solamente de su Cuenta de Conciencia son 66 tomos, equivalentes a 22,500 páginas.

Dentro de las temáticas que tratan sus escritos, se encuentran revelaciones acerca de la Cruz del Apostolado (también conocida ahora como Cruz sacerdotal de Cristo), que es el icono o símbolo principal de la Espiritualidad de la Cruz; sobre el misterio de la Santísima Trinidad; la generación eterna del Verbo; la acción del Espíritu Santo en la Encarnación; el sacerdocio místico del Pueblo de Dios; la santidad y misión del sacerdote; la asociación del bautizado a la Encarnación Redentora de Cristo; la misión de María en el misterio de la Iglesia; la centralidad de la Eucaristía; entre otros.

Muchos de estos temas fueron tratados luego por la Iglesia en el Concilio Vaticano II (1965), por lo que los escritos de Conchita tienen también un carácter profético.

Apóstol de la Iglesia y de las Obras de la Cruz

Conchita Cabrera de Armida fue el instrumento que Dios eligió para fundar en la Iglesia las cinco Obras de la Cruz: En 1895 el Apostolado de la Cruz, para todos los seglares; en 1897 las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, contemplativas; en 1909 la Alianza de amor con el Sagrado Corazón de Jesús, para seglares que quieren llegar a la perfección con el espíritu de la cruz, irradiando su fuerza transformadora en el mundo; en 1912 la Liga Apostólica (hoy Fraternidad de Cristo Sacerdote), para los obispos, sacerdotes y diáconos que desean vivir e irradiar el espíritu de Cristo Sacerdote en sus ministerios pastorales y, a la vez, trabajar en propagar estas Obras; y finalmente en 1914, los Misioneros del Espíritu Santo, congregación religiosa masculina cuya misión es extender el reinado del Espíritu Santo, promoviendo la conciencia en todos los miembros de la Iglesia de ser Pueblo Sacerdotal, generando procesos de santidad e impulsando el compromiso de la solidaridad salvífica.

Después de más de 100 años de fundadas; después de haber sido aprobadas plenamente por la Santa Sede; después de las terribles y tenaces persecuciones que sufrieron; después de ver los frutos que ya han producido, no se puede dudar de que sean obras de Dios. El carácter propio de estas Obras, la Espiritualidad de la Cruz, no es otra sino la expuesta en los numerosos escritos de la Sra. Armida, doctrina vivida por ella en su mayor perfección, para ser el modelo de todas las almas de la cruz.

            Por todo lo dicho acerca de su espiritualidad, se comprende fácilmente el carácter sacerdotal, eclesial y trinitario de estas Obras. Y sobre todo que su última meta sea el reinado del Espíritu Santo, que es el reinado del amor, del dolor transformado y de la pureza como irradiación de la luz de Dios.

Experiencia Espiritual

Hemos visto cómo la vida de Conchita es una vida externamente como la de tantas otras personas que han sido también como ella, novias, esposas, madres y viudas.  ¿Qué es entonces lo que tiene de extraordinario como para que la Iglesia la vaya a proclamar Beata (= bienaventurada)?  Desde sus directores espirituales hasta los que fueron encargados expresamente por la Iglesia de examinar su vida, su espíritu, obras y escritos, todos han quedado admirados de las gracias extraordinarias que Dios le concedió a ella para que fuera como un “acueducto de ellas para muchos en la Iglesia”.

Gran parte de su grandeza se centra en que, con todo y los conflictos e inseguridades que sufrió desde pequeña y que marcaron de manera importante su personalidad, ella los pudo ir superando con la ayuda del Señor; a su vez, Él la eligió asumiéndola integralmente con toda su realidad personal (con sus potencialidades y sus limitaciones), haciéndola crecer en su amor y en la perfección espiritual, mismas que le llevaron a cumplir como misión el anunciar al mundo el misterio de Cristo Sacerdote y Víctima, único mediador eficaz de salvación para toda la humanidad.

Aspectos más importantes de su proceso de santidad

– Desde su juventud sintió un profundo e incontenible deseo de no cometer pecado venial y una gran nostalgia de Dios, que fue creciendo hasta convertirse en una verdadera necesidad de estar en Él; de vivir lo que proclamamos en cada Eucaristía: “Por Cristo, con Él y en Él”. Trabajó particularmente en adquirir tres virtudes: humildad, confianza y amor.

– Experimentó una unión cada vez más profunda y una entrega más completa al Señor en medio de sus deberes de estado. En 1893 (8 dic) se consagró a Dios como laica por los votos de pobreza, castidad y obediencia que cumplió toda la vida.

– El 14 de enero de 1894, con el permiso de su director espiritual, grabó a fuego en su pecho el nombre de Jesús, simbolizado en el monograma JHS, como una forma de manifestar su pertenencia al Señor.   Entonces se olvida de sí y exclamó postrada en tierra su deseo y clamor: ¡JESÚS SALVADOR DE LOS HOMBRES, SÁLVALOS, SÁLVALOS!

-En los meses de enero y febrero de 1894 en el Templo de la Compañía, en San Luis Potosí, recibe de Dios la visión de la Cruz del Apostolado.

-El Señor la fue transformando y preparando en su interior, para que viviera de modo constante la unión con Jesús Crucificado, que la hizo vivir su sacerdocio bautismal y la impulsó a ser transformada en Jesús Crucificado (de allí el nuevo nombre que el Señor le dio: Crux Iesu). Pasando por la unión transformante, Dios la preparó para recibir el 25 de marzo de 1906 la Gracia central de su existencia: “La encarnación mística”. Es decir, una manera nueva, divina, de amar a Jesús y de unirse espiritualmente a Él, a la manera del amor de María, Madre de Dios.  Jesús le pide “encarnar” en ella de manera especial, para que con su nuevo testimonio de vida, engendre místicamente a Cristo en muchos otros hombres y mujeres, de modo que acepten vivir a imagen de Cristo.

– Fue una mujer con una gran capacidad de relación, que puso en movimiento de renovación espiritual tanto a hombres como a mujeres. Siguiendo su autobiografía pueden certificarse varias de esas relaciones de profundidad y santidad, como por ejemplo, con su madre y su padre; con su tío sacerdote Luis Arias; con sus hermanos, de modo particular con su hermana Clara; con su esposo y sus hijos; con muchos sacerdotes y obispos: P. Alberto Mir, P. Félix de Jesús Rougier, Mons. Ramón Ibarra y González, Mons. Luis Ma. Martínez, Mons. Emeterio Valverde, Mons. Leopoldo Ruíz y Flores, etc.

-En la última etapa de su vida, Conchita profundizó en la soledad de la Santísima Virgen María y participó por gracia de Dios de esos dolores de María, que son de tanta fecundidad en la Iglesia. Conchita vivió años enteros en desolación espiritual, que sin embargo, expresan altos grados de unión mística con Jesús.  Ella entiende que los silencios del Señor la asocian más íntimamente con la soledad de María y con aquel profundo desamparo de Jesús en la Cruz, que le hace exclamar: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”.  De hecho, al acercarse el momento de su muerte, uno de los sacerdotes allí presente le preguntó: “Conchita, ¿y sus relaciones con Jesús?” Y ella le respondió: “Como si nunca nos hubiéramos conocido”.

– Conchita murió con fama de santidad en la Ciudad de México el miércoles 3 de marzo de 1937. Tenía entonces 74 años de edad.

CONCLUSION

A través de este recorrido por la vida de Conchita, podemos sencillamente reconocer que Dios escogió a una mujer seglar, casada, madre y viuda; en otras palabras, a una mujer ordinaria, para dar un importante mensaje a su Iglesia, en modo particular para los sacerdotes y obispos, y grandes lecciones para el mundo de hoy, tantas veces deshumanizado o sin espíritu. Dios la tomó con todas sus características personales y culturales, con su idiosincrasia mexicana, con sus limitaciones y dones, con sus cualidades y sus complejos. Ella correspondió amorosamente a Dios, trabajando en su persona, luchando con sus conflictos e inseguridades, pero sobre todo disponiéndose día a día con grande docilidad, humildad y entrega; se mantuvo abierta a la acción de Dios en ella que quiso llevarla a las más altas cumbres de la perfección cristiana, es decir, la perfección en la caridad…  De hecho, pudiera decirse que el mérito de Conchita fue el “dejarse hacer y deshacer por el Señor”, frase que repite infinidad de veces en sus escritos.

Dios nos conceda la alegría de conocer cada vez mejor a esta gran mujer bienaventurada, testigo vivo del Evangelio, apasionada de Dios y apóstol de la salvación que Jesús nos ha alcanzó con su pasión, muerte y resurrección a todas las generaciones humanas, las de ayer, las de hoy, y las de mañana.

Texto re-editado basado en el escrito

Del P. Jesús Montes Rodríguez, msps.

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One comment

  1. María de Lourdes Calvo Abarca

    Me considero hija espiritual de Conchita, pues en ella logré encontrar la posibilidad de poder luchar por mi santidad, como mujer seglar, de no muchos conocimientos, esposa, madre y sobre todo, cómo hija bautizada de Dios Padre. Ella logró con su ejemplo e intersecion enamorarme locamente de Nuestro Señor Jesucristo y del Sacerdocio Ministerial. Como hija de AASCJ ME SIENTO PROFUNDAMENTE AGRADECIDA CON DIOS, por este gran regalo de Amor para mi vida y mi familia, vivir la Espiritualidad de la Cruz es mi gran tesoro.

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