Huellas de la trascendencia

Sergio Padilla Moreno

En el inicio de la Cuaresma, al momento de recibir la imposición de la ceniza, seguramente en muchos resuena en lo profundo lo dicho por el sacerdote: “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”. Imaginar que algún día la vida terrenal acabará es un buen modo de poner los afectos, intereses, preocupaciones, miedos, planes y anhelos en la justa dimensión y perspectiva de la fe. En este sentido, la semana pasada compartía en este espacio algunas de las palabras del teólogo suizo Hans Küng (1928), en su tercer libro de memorias titulado Humanidad vivida, (Trotta, 2014), donde habla, entre muchas cosas, de sus perspectivas al acercarse al inevitable momento de la muerte. Cuando habla de la esperanza que da la fe, respecto a que la muerte no es nada más que el paso al encuentro amoroso con el Padre, dice Küng: “No soy fatalista, no creo en el fatum, en el ciego destino, la fatalidad, sino en Dios, en la vida eterna de Dios y en la mía. Y así, mantengo abiertas todas las opciones, verdaderamente todas. Soy consciente de que en cualquier momento me puede ocurrir algo totalmente inesperado: malo, pero quizá también bueno. Estoy a la espera. […] Donde mejor se expresa tal esperanza es en la música. Para mi despedida deseo el Jesus bleibet meine Freude (Jesús es mi alegría), el décimo movimiento de una cantata de Bach, tocado por el genial pianista rumano Dinu Lipatti, a los 33 años, pero ya gravemente enfermo, como bis en su último concierto público en 1950 en Besacon. Y luego, que todos juntos recen la oración por la «liberación del mal», tal como Jesús nos enseñó a rezársela a Dios: «Padre nuestro…».

Continúa diciendo Küng: “Para terminar, me gustaría que sonara el adagio de la última gran obra orquestal de Mozart, el concierto para clarinete KV 622, que para mí siempre ha mostrado «huellas de la trascendencia». Y luego quiero que se me bendiga con las siguientes palabras: «El Señor te bendiga y te guarde. El Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti. El señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6, 24-26). Finalmente, después del segundo movimiento de Mozart, ha de sonar aún el alegre y optimista tercer movimiento, el rondó/allegro, como signo de que la vida continúa para quienes se quedan. Pero todavía no ha llegado ese momento.”

Que Dios nos conceda, en este tiempo cuaresmal, atrevernos a contemplar con esperanza la realidad de nuestra muerte, no para vivir en la angustia, sino para caminar hacia donde nos invita San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales: ordenar nuestros afectos, afinar nuestra mirada para ver a Dios en todas las cosas (huellas de la trascendencia) y llegar a la contemplación para alcanzar amor.

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