Defender la vida

Editorial de Semanario #1154

En la cultura occidental, la institución familiar está acechada desde tres líneas convergentes: un sistema económico que privilegia el dinero sobre la persona; el tener sobre el ser,  que afecta la convivencia matrimonial y familiar; la privación del valor de la vida con  la imposición del aborto; la eugenesia y la eutanasia, que afectan a infantes, enfermos, discapacitados y ancianos. La familia, como institución, es agredida por ideas que intentan vaciarla de significado hasta convertirla en una institución desechable. 

En días pasados, el Congreso de Nuevo León aprobó penalizar el aborto, con un dictamen que reforma al artículo 1° de la Constitución Política del Estado de Nuevo León, con 30 votos a favor, ocho votos en contra, dos abstenciones y dos diputados que se ausentaron.

La frase: “Es de reconocer por este Parlamento que existe vida humana desde el momento mismo de la concepción” es suficiente para que sean tachados de ignorantes, con el argumento de que los políticos no tiene capacidad para decidir cuándo empieza la vida humana, y en vez de legislar sobre castigar el aborto, deberían aprobar una política pública de educación sexual y difusión de anticonceptivos, sobre todo entre los jóvenes, para disminuir los abortos. Sostienen los detractores que encarcelar a una mujer por abortar, con la idea de que el aborto es un homicidio, es una pésima política pública.

La postura de la Iglesia respecto a la defensa de la vida del ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, y el rechazo al aborto, está fundamentada, tanto en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia, como en la ley natural y en lo que ha demostrado la ciencia respecto al principio de la existencia del ser humano.

Estudios científicos comprueban la existencia de una vida, de una persona diferente, desde el momento de su concepción. Señalan que el ser humano es una individualidad genética única, no reproducible. La vida, comienza en la fecundación. Desde este momento ya es una vida distinta a sus progenitores, con una carga genética propia, y tiene la potencialidad e individualidad para desarrollarse por sí misma.

La Sagrada Escritura precisa lo que el quinto mandamiento prohíbe: “No quites la vida del inocente y justo” (Ex 23,7).  El respeto a la vida no debe estar sujeto a debate, ni siquiera con un afán de ‘apertura’ o de ‘vanguardia’, y menos por cuestiones de gustos o de sentimientos, como si el respeto a la vida dependiera de lo que sienten o piensan algunos.

La Iglesia no acepta el aborto, y no es por intolerancia o rechazo al diálogo, sino por ser coherente al derecho que toda persona tiene de vivir, sobre todo si se trata de un inocente, el todavía no nacido; derecho que no está subordinado ni a los individuos ni a los padres, y tampoco es una concesión de la sociedad o del Estado. Todos, creyentes y no creyentes,  estamos  necesitados de lecciones de humanidad.

Debemos construir un puente de encuentro, incluso en los desacuerdos. Debemos ser sensatos para defender las causas justas: la familia, la educación, y la vida.  Umberto Eco, en el libro En que creen los que no creen, insiste en que la razón y la fe de las personas, siempre entran en diálogo, porque la verdad no puede estar en pleito consigo misma.

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