No me gusta que hablen mal de mí

Editorial de Semanario #1155

El hermano de Porfirio Díaz, Félix, conocido como “El Chato”, fue gobernador de Oaxaca, y murió a manos de los pobladores de Juchitán, porque era cruel, y le gustaba ultrajar a la gente. Dos semanas después, Porfirio Díaz envió un escuadrón para asesinar a los habitantes de ese pueblo, cuando celebraban una fiesta. Se lanzaron sobre la multitud sin importar que fueran ancianos, mujeres o niños. Debían escarmentar, de acuerdo a la mente del dictador.

El desquite, la venganza, es la primera respuesta del autoritario, velado o evidente. Éste parece ser, por ejemplo, el rumbo que se va a seguir contra los creadores de la serie “Populismo en América”.

Además, desprestigiar al otro, presentarlo como adversario del pueblo, insolente, con un discurso dialéctico, decir que se arma campañas negras, intimidar a Medios, es otro camino del absolutista, cuando no le gusta que hablen mal de él. Es la tendencia que toma el gobernante delante de quien piensa o dice algo diferente. Se le señala como agente del conservadurismo, lavador de dinero, neoliberal, etc. Por este camino va la acusación de la diputada morenista contra Enrique Krauze.

No se puede así. Habrá ‘pueblo’ que apoye estos dichos, pero no se puede ser mandatario con esa actitud. ¿Por qué ‘querer matar’, de diverso modo, a todo aquel que hace o dice cosas diferentes, y que desde un personal (y, por lo tanto, limitado) punto de vista, no gustan? ¿Por qué se convierte en enemigo automáticamente alguien que no en todo está de acuerdo? ¿Por qué se promueve la confrontación entre el bueno y sus buenos, y los supuestamente malos (todos los que no piensan igual)? Para ellos solo hay dos tonos: o es negro o es blanco.

Así, se fortalece una dictadura a nombre de los pobres, engañando a la gente, diciéndole que está de su lado, otorgando dádivas, especialmente a nichos redituables, controlando todos los recursos, ofreciendo participación en las decisiones del país (pero solo en las que convienen, y de forma amañada) ¿Por qué engatusan así a las personas? ¿Por qué juegan con su dignidad, su pobreza y sus necesidades? ¿Por qué les hacen el juego a los que se conforman con estar así y lo promueven?

Es otra forma de corrupción, tema paladín de los nuevos gobiernos, pero que se sigue repitiendo, de la misma forma (menos) y con nuevos métodos (más). Y cuando alguien se atreve a decirlo, desprestigian o desechan el señalamiento.

¿Por qué, mejor –incluso- promover la crítica? Para que nos demos cuenta de que no todo lo hacemos bien; para que, el que gobierna, entienda que no hace todo bien. Y porque, sencillamente, cualquiera tiene derecho a no estar de acuerdo en todo con el mandatario en turno.

Es urgente la crítica, dejar que se hagan señalamientos, no por catarsis social, sino para abrirse a posibilidades, resultados, opciones, caminos diferentes. Promover una competencia interna, que no sea una sola voz la que dice qué se debe hacer o qué no se debe hacer, que no sea un solo personaje el que anuncia y denuncia, el que piensa que es el único que piensa o que debe pensar. Que se aleje de la auto obsesión.

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