Derrota pacífica

Pbro. Armando González Escoto

Cuando sin combatir se pierde una batalla, le podemos llamar “derrota pacífica”.

Esa es la experiencia actual de muchos cristianos, que simplemente han decidido claudicar, ante la embestida cotidiana que se hace a sus principios, creencias y valores, particularmente ante el hecho de que sus hijos se nieguen a recibir la rica herencia cristiana que sus padres deseaban transmitirles.

Esta actitud de perder sin luchar se debe, en parte, a experiencias previas en que de nada sirvió combatir, y tanto, para lograr muy poco o nada. Ante los magros resultados, la decisión fue ya no insistir. Una actitud más positiva e inteligente debería habernos llevado a analizar las causas de por qué el esfuerzo realizado no diera el fruto esperado, pues a fin de cuentas en una guerra no bastan los ideales, se requiere de los medios adecuados para conseguirlos: planes, recursos, estrategias, capacitación, en todo tiempo, superiores a los del oponente, si realmente se busca triunfar.

El drama recuerda el fenómeno de una policía muy mal armada y peor capacitada que debe enfrentar a delincuentes con adiestramiento y armas de calidad superior. Recuerda la triste experiencia de los nuevos sacerdotes que son enviados al frente sin la formación que los tiempos requieren, o de los mismos laicos de los que se espera mucho pero se les da muy poco.

Resignarse a perder sin combatir, es la actitud típica de sociedades alienadas, de sociedades que han perdido el espíritu de conquista, que dudan o desconfían de sus creencias, al punto de ya no arriesgarse por ellas. El perdedor, es aquel que primeramente perdió el espíritu, con lo cual ya no tuvo aliento para defender lo demás.

El espíritu de conquista es natural y propio de sociedades sanas, entusiastas, pletóricas de ideales, deseosas de compartir con el mundo sus valores, su visión de la vida, a la vez que comprometidas en la defensa de su cultura. Este espíritu se orienta, inicialmente, a la conquista de sí mismo como plataforma que asegura y garantiza la salida hacia los demás, cuando se pierde, el horizonte de la existencia se achata, lo único que resta son los intereses personales del día a día, y claro, la inversión “copernicana” de la relación trabajo – descanso.

No hay peor derrota que la que se sufre sin haber opuesto resistencia, y que el ministerio pastoral de laicos y consagrados es una guerra, lo dijo claramente Jesús, y lo dirá después San Pablo, y si esa guerra es contra los poderes ocultos de este mundo, ¡cuánto más diligente debería ser el combate!

De momento, hay muchas bajas en el frente, de tantos que llegaron ahí sin protección alguna, mientras en la comunidad, la derrota pasiva sigue ocurriendo y muchos, lo único que hacen es sorprenderse y lamentarse; habría que recordar lo que al califa de Granada le dijo su madre, luego de perder la ciudad: “no llores como mujer, lo que no supiste defender como hombre”.

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