La paciencia de Dios y sus límites

Hermanas, hermanos en el Señor:

La Palabra de Dios, en este camino hacia la Pascua, nos sigue alentando al arrepentimiento y a la conversión. Solo arrepentidos y convertidos podemos celebrar con verdad y con fruto, la fiesta más grande de nuestra fe cristiana: el misterio pascual de Cristo, es decir, su Pasión, Muerte y Resurrección. La Cuaresma, pues, nos prepara para celebrar esta fiesta.

Jesús recuerda dos acontecimientos trágicos de su tiempo, conocidos suficientemente por el pueblo judío. Uno, el asesinato de galileos, por orden de Pilato, y otro, la torre que se derrumbó y sepultó, causándoles la muerte, a otro grupo de paisanos.

El Señor aprovecha esos momentos dolorosos para enseñar que los que habían muerto no era porque fueran más pecadores que los demás sino que lo importante en la vida, ante el hecho de que vamos a morir, es que estemos arrepentidos. Mientras nos llega la muerte, de la forma que sea, tenemos la oportunidad de cambiar el mal que hacemos, y pecado que cometemos. Todos somos pecadores, por lo que todos necesitamos vivir, cotidianamente, el arrepentimiento por nuestros pecados.

Dios es misericordioso y nos espera, pero nos puede sorprender la muerte, por cualquier causa, y podríamos encontrarnos no dispuestos, no verdaderamente arrepentidos. Por eso, el cristiano debe vivir, todos los días, en arrepentimiento sincero y humilde de las faltas y pecados.

Y estos episodios nos remiten al episodio de la llamada “higuera maldita”, porque Jesús la encontró sin que diera frutos. Le da la oportunidad de que siga plantada un año más, porque la higuera está destinada a dar frutos, y confía que así será.

Dios es infinitamente amoroso y misericordioso, está lleno de paciencia con cada uno de nosotros, por nuestra pobre humanidad. Pero no debemos abusar de este amor, no debemos tentarlo, para ver cuándo actúa.

Nos llama a convertirnos mientras dure nuestra peregrinación en esta Tierra. Tenemos esa oportunidad, limpiar todo aquello que es plaga en nuestra vida, para poder fructificar, con frutos de amor, de verdad, de justicia, de fraternidad, de servicio, del gozo a los demás. Estamos puestos en la Tierra para fructificar con frutos buenos que son expresión de la vida de Dios y de la vida cristiana.

Por eso, necesitamos vivir en la dinámica de la conversión, porque ésta y el arrepentimiento de nuestros pecados nos disponen para encontrarnos con Dios. A Él solo lo podemos ver y experimentar si estamos verdaderamente arrepentidos y convertidos.

La santidad de Dios y la maldad de nuestros pecados no pueden convivir. La santidad de Dios es lo máximo. Para que nos acerquemos y participemos de la santidad de Dios necesitamos purificarnos por el arrepentimiento y la conversión.

A Dios hay que acercarnos despojados de todo mal, de toda malicia, de todo pecado, porque Él es el Santo de los Santos. Solo lo podemos encontrar y poseer si nosotros nos disponemos con el arrepentimiento y la conversión.

La meta de la Cuaresma es encontrarnos con Dios a través de Cristo Resucitado. Para llegar a esa meta solo se puede con un corazón arrepentido y con un cambio sincero y real en nuestra vida.

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