¡Que se note!

“Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos… hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales”,Papa Francisco

Fernando Díaz de Sandi Mora

Hemos iniciado ya este período de reflexión y ajustes en nuestra manera de afrontar, pero sobre todo en la forma de vivir nuestra realidad personal. Tenemos el reto de hacer frente a uno de los males que con más fuerza embisten a este mundo, trayendo consigo vacío, soledad, injusticia, miseria: el egoísmo.

Egoísmo es el arte de fastidiarse la vida a costa de otros, en otras palabras, en donde solo importa cumplir mis caprichos y deseos más miserables, aun por encima de los derechos más básicos y fundamentales de los demás. No lo confundamos con el amor propio, que es la capacidad de reconocerse y amarse en la propia dimensión personal, sin dejar de preocuparse y ocuparse de las necesidades del otro. El egoísmo es un cáncer del alma que anula y desvanece toda acción en favor de los demás, puesto que se basa en una premisa tan absurda como una frase que aprendí en familia hace muchos años: primero yo, después yo, enseguida yo, y al último yo…

Se vive de muchas formas y carcome cada día las posibilidades de relaciones humanas sanas y proactivas. Vivimos en un mundo en donde cada quien quiere solamente llevar agua a su molino, pisoteando los derechos de otros: nos metemos en la fila, nadie cede el asiento a los ancianos, ponemos la música a todo volumen en casa, usamos a los demás para subir en nuestros empleos, no somos capaces de expresar lo que deseamos y sentimos con nuestras parejas, incluso, siempre quiero ayudar a otros, pero me niego a recibir ayuda, son tan solo “muestras” del mal del egoísmo.

Pensar en uno mismo no está reñido con la generosidad, el comportamiento desinteresado o la solidaridad. Ciertamente es una línea muy delgada, pero una acción denota egoísmo o no según la intención con la que se realiza. Me explico. Si tú miras a una persona siendo siempre generosa, solidaria y dispuesta a ayudar a otros, pero si su intención es solamente ser alabado y aplaudido, entonces su acción es egoísta porque no ayuda por ayudar, sino por ayudarse, en términos de parecer “bueno”.

El corazón bien dispuesto que es capaz de servir y hacer el bien “cuando nadie nos ve” es un corazón libre de egoísmo.

Desarrollemos un espíritu espontáneo que naturalmente se ocupe de atender las necesidades de otros y aceptemos ayuda. Es como funciona el universo: un intercambio maravilloso en el cual dar implica recibir, y viceversa.

La ceniza en la frente, los ayunos, las promesas y sacrificios sólo tendrán sentido en la medida que nos muevan a hacer el bien a los demás. Si no servimos a los demás, ningún sacrificio sirve.

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