La inseguridad sin fondo

Editorial de Semanario #1156

Queda el mal sabor de boca en la mente de los ciudadanos de que, lo menos peor, es que cada quien se arregle como pueda, respecto a la incontrolable violencia que está, no alrededor, sino conviviendo con nosotros en las calles y en las casas de la ciudad, de los pueblos, de las rancherías del Estado. Algo incontrolable, ya.

Si hemos sido víctimas, ya lo hemos comprobado con un pavor de impotencia, coraje, tristeza, desilusión, y hasta odio y deseo de venganza. En efecto, la tranquilidad ya no existe. Es más, es mejor que así lo consideremos, por nuestro bien, para estar siempre alerta a lo que sucede a nuestro alrededor. Es cosa del pasado la paz, y no se ve cuándo pueda mejorar en el futuro.

Si no hemos sido perjudicados, lastimados, afectados, por algún tipo de acto delictivo en nuestra contra, los que somos creyentes primero damos gracias a Dios, y luego, seguimos pensando en qué momento nos puede tocar a nosotros, con la leve esperanza de que no suceda. Las precauciones hay que tomarlas, y muy en serio. Lo más probable es que nadie estará a nuestro lado para protegernos. Por lo menos así hay que suponerlo, para estar más atentos, para ser más cuidadosos, para vivir con la adrenalina encima. No es alarma, es precaución.

¿Vamos a culpar a la autoridad de todo esto? No, absolutamente. Todos somos responsables, aunque unos más que otros. Lo que sí es real es que actualmente, los que tienen el compromiso mayor, no han podido encontrar una solución que mitigue y dé confianza. Podremos decir que no es por falta de aptitud o porque la delincuencia se habrá introducido en ese ámbito, al punto de corromper a muchos de los integrantes de las instituciones de seguridad, pero lo real es que lamentable no han encontrado el camino de regreso a la estabilidad; al contrario, el tejido social está sumamente dañado, roto, y no se ve para cuándo se vuelva a armar.

Las causas de esta violencia desatada e incontrolable son variadas y de diferente índole. Sería un razonamiento pobre señalar al gobierno en turno como el único incapaz en este caso. Sí nos desilusiona que no haya soluciones viables y efectivas al respecto, pero hay tantos elementos que debemos tomar en cuenta, y que, en muchos, todos hemos tenido parte. Pudieran parecer de carácter moralista, pero son reales: desintegración familiar, falta de oportunidades atractivas para los jóvenes, carencia de formación en niños y adolescentes, tolerancia como valor absoluto (al uso de drogas, libertinaje, etc.).

Los índices de violencia en aumento, que confirman lo anterior, los tenemos presentes. Los que mencionemos ahora ya estarán superados cuando alguien los lea. Estamos convencidos y no queremos que esto siga, pero nadie encuentra una respuesta sólida, efectiva, viable.

Parece que nos tenemos que “acostumbrar” a convivir con las acciones de los delincuentes, del crimen organizado y desorganizado, y a cuidarnos en lo personal, en  familia o en grupos, y tener la esperanza de que nos alcance lo menos posible. Prácticamente, nadie se ha escapado de ser víctima de un maleante. La mayor seguridad será, aunque no sea lo deseable ni efectivo, la que cada uno se provea.

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