El camino escogido por el hombre venido de Dios

Juan López Vergara

El camino escogido por el hombre venido de Dios

En este domingo de Ramos hemos preferido meditar la Segunda Lectura que nuestra madre la Iglesia nos ofrece para el día de hoy, por contener el himno cristológico más antiguo, hermoso y significativo del Nuevo Testamento, donde se nos revela el camino escogido por el hombre venido de Dios (Flp 2, 6-11).

A la unidad por la humildad

Filipos era para Pablo lo que Betania para el Señor Jesús, un remanso de paz (compárese Flp 1, 8 y Lc 10, 38-42). Pero aquella amable y queridísima comunidad se encontraba asediada por el cáncer de la desunión (véase Flp 1, 27). La Epístola a los Filipenses es un auténtico testimonio de la extraordinaria personalidad del Ápostol, por el realismo de su expresión, la hondura de su pensamiento, la vastedad de sus horizontes, y, sobre todo, por proponer a la persona de Cristo como la clave hermenéutica del caminar de la comunidad. No obstante que Pablo escribió otras cartas después de ésta, puede considerarse como su última voluntad y testamento: La promoción de la unidad a través de la práctica de la humildad.

Pablo presenta como modelo a Jesucristo

Pablo anima a la Iglesia de Filipos a vivir de una forma digna el Evangelio de Cristo. Esto implica que los filipenses vivan en armonía unos con otros, y revela que el remedio consiste en que “no hagan nada por ambición, ni vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo” (Flp 2, 3).

Pablo asegura que debemos considerar al otro como nuestra preocupación última, y presenta como modelo a Jesucristo (véase Flp 2, 5).

En Cristo, Dios y el mundo son unidos

El Apóstol insertó un antiquísimo himno cristológico de la Iglesia, de carácter poético, solemne y litúrgico. Se compone de dos estrofas que describen el camino de Cristo, que parte desde el ser en Dios, anterior a la creación, hasta su arribo en la historia humana (vv. 6-8), y desde ésta, de nuevo, al dominio de Dios (vv. 9-11).

El himno reconoce y celebra la unicidad del acontecimiento de que Dios se hizo hombre. En el cual, la muerte es el punto de destino de un camino emprendido en libertad, porque “para Cristo y sólo para Él, es también la muerte un acto libre” (J. Gnilka).

En el último versículo, al centro de la fórmula confesional está el título: “el Señor”, que es el Nombre que Dios concedió a Jesús. La alabanza que tiene como objeto a Cristo exaltado, alcanza su finalidad en Dios Padre (compárese v. 11 y Jn 14, 6). Pero la última palabra es “Padre”, para enfatizar que ahora en Cristo, Dios y el mundo son unidos.

Este himno celebra a Jesús: pre-existente, encarnado, humillado y exaltado, como el modelo; pero no en detalles o actos aislados de su vida, sino en su misma persona mesiánica, como sublime acto de humildad, enseñándonos con su propia vida el camino escogido por el hombre venido de Dios.

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