Reflexión. La Cuaresma, camino hacia la Pascua

Rebeca Ortega Camacho

“Cuaresma”, fue el tema que impartió la Religiosa Martina Zumaya a los conductores de Radio María México, durante el Retiro Espiritual de Cuaresma 2019 que organizó la radiodifusora. La ponente comenzó cuestionando a los presentes: “¿Cuántas Cuaresmas hemos vivido cada uno de nosotros?, ¿cómo podemos definir este tiempo de Cuaresma? Sabemos que es un tiempo de conversión, de preparación, de reflexión, de perdonar, de buscar a Jesús en la Eucaristía.

“También, la Cuaresma invita a desacelerar el ritmo de nuestra vida. Todos tenemos la sensación de que se nos ha ido la vida muy rápido. Tenemos que desacelerar nuestra vida, tenemos que darle tiempo a Dios. Estamos inmiscuidos en un activismo de hacer, hacer y hacer; pero hay que hacer un alto y por eso la Iglesia es tan sabia, que organiza todos estos tiempos litúrgicos, para que nosotros hagamos un alto, ¿de qué?, no sé; cada uno sabe la situación que trae y de qué tiene que hacer un alto.

“Dios tiene ganas de encontrarse con nosotros, hacemos muchas cosas por Dios – eso decimos-, pero realmente estamos con Dios, o solamente nos dedicamos a hablar, pero no vivimos con la fuente de vida, que es Dios. Así lo expresa el profeta Oseas (2,14) hablando de cómo Dios está ansioso con nuestra alma: ‘Voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón’”.

Tiempo de arrepentimiento

“La Cuaresma es un tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y cambiar algo de nosotros, para ser mejores y poder vivir más cerca de Dios. ¿Qué tengo que cambiar?, ¿cuántos propósitos he llevado a la práctica y cuántos no realicé? A lo largo de este tiempo, nos recuerda la liturgia, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y el estilo de verdaderos creyentes que celebramos como Hijos de Dios.

“La Cuaresma es tiempo de perdón y de reconciliación fraterna. Cada día, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos; nosotros albergamos todos esos sentimientos y los convertimos en acciones que nos están dañando a nosotros mismos; y debemos caer en cuenta de nuestra miseria, pero no para quedarnos ahí. Dios no ve el pecado, Dios ve al pecador para rescatarlo.

“Los pilares de la Cuaresma son: el ayuno, la oración y la limosna. El ayuno que Dios quiere es que seamos compasivos con las personas y que dominemos nuestras pasiones; de qué le sirve a una persona ayunar, si no tiene control sobre sí mismo, no le sirve de nada. Podemos engañar a otros, pero Dios ve nuestro corazón y sabe nuestras intenciones, por eso hay que purificarnos. La oración nos lleva a salir de nosotros mismos e ir con Dios; y la limosna nos lleva a salir de uno mismo e ir a los demás. La limosna no es nada más que yo dé un peso, ¿saben qué es lo que más nos cuesta dar?, tiempo. El tiempo con las personas que están solas, el tiempo con los enfermos, el tiempo con su familia, porque muchas veces somos candil de la calle y oscuridad de nuestra casa.

“La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. La Cuaresma nos lleva a no quedarnos en ese proceso de penitencia, de conversión, que es muy importante, sino a preparar nuestra alma para la Pascua. Cuando nosotros lleguemos a la Pascua, tendríamos que estar gozosos”, dijo la Religiosa Martina Zumaya.

Liturgia de preparación

Posteriormente, compartió una breve reflexión de los cinco Evangelios que precedieron al Domingo de Ramos. “La liturgia del Primer Domingo de Cuaresma (Lc. 4,1-13) nos habló de las tentaciones, Jesús es llevado al desierto y es tentado por el demonio. Nuestro Señor quiso ser tentado para enseñarnos cómo comportarnos ante las tentaciones y cómo debemos resistirlas. El Segundo Domingo de Cuaresma (Lc. 9,28-36), Jesús sube el monte con Pedro, Santiago y Juan; les manifiesta su gloria y Pedro se quiere quedar ahí. Aquí, quiero resaltar que, cuando Jesús fue bautizado se oyó la voz del Padre que dijo, ‘Este es mi hijo muy amado, escúchenlo’, y aquí sucede lo mismo, es una epifanía, donde Dios se manifiesta.

“El Tercer Domingo de Cuaresma (Lc. 13,1-9), el Señor pasa buscando frutos y no encuentra, y le dice al viñador que la corte, para qué ocupa la tierra si no está dando fruto. Que no nos pase a nosotros así, tenemos que dar fruto, porque Dios es compasivo y misericordioso. Sin embargo, le dice el viñador, déjame que la abone, que la pode, que le corte y el año que entra, si no da frutos, la cortas. Este momento es un tiempo para abonar, quitar la maleza, preparar nuestra tierra, para que esta Pascua podamos dar frutos. El Cuarto Domingo de Cuaresma (Lc. 15,1-3, 11-32), el Hijo Prodigo. Te invito a pensar, ¿qué hijo eres? Eres el hijo mayor, envidioso, que no se siente hijo, que se siente asalariado; eres el hijo menor, que quiere su herencia, pero luego se está muriendo de hambre, ¿a dónde te fuiste?, ¿tendrás el valor de levantarte y de volver al Padre?

“En el Quinto Domingo de Cuaresma (Jn. 8, 1-11), los escribas le presentan a Jesús, una mujer sorprendida en adulterio; lo están poniendo a prueba, le están poniendo una trampa. Entonces, Jesús dice ‘el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra y el Evangelio dice, que se fueron yendo, primero los más viejos. Sólo la misericordia de Dios es la que nos hace dignos, es la que nos rescata. Esa miseria de mujer, puede ser cualquiera de nosotros; y Jesús ¿qué le dice?, ‘¿dónde están los que te juzgaban?, ¿alguien te condenó?’, y agrega, ‘tampoco yo te condeno, vete y no vuelvas a pecar’. Esa es la miseria humana, la miseria de nuestra condición y la Misericordia de Dios.

“Este es el proceso. La Iglesia nos va llevando de la mano para que al llegar a la Pascua, lleguemos con ese espíritu de tener un encuentro de amor, de Misericordia con Dios. La Cuaresma es un camino hacia la Pascua. Tenemos que ser permeables para el Espíritu Santo, dejemos que el Espíritu germine en nosotros”, concluyó la ponente. 

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