El canto de la alondra

Sergio Padilla Moreno

Este domingo de Pascua comparto con ustedes, amables lectores, un pedacito de uno de mis libros favoritos: Sabiduría de un pobre, del franciscano Éloi Leclerc (Encuentro, 2007), donde recrea magistral y profundamente un complejo momento que vivió San Francisco de Asís. El pasaje que comparto nos habla de la experiencia contemplativa del santo en la vivencia de una tarde de Viernes Santo, donde vislumbra el misterio de la Resurrección del Señor.

“Ese día de Viernes Santo fue agotador. Francisco lo encontró muy largo. Pero llegó la tarde trayendo su paz […] Francisco sentía que poco a poco esta paz le envolvía y le invadía. Todo estaba consumado. Cristo había muerto, se había entregado a su Padre en un derrumbamiento total. Había aceptado el fracaso. Su vida humana, su honor humano, su misma pena humana, todo eso se había borrado a sus ojos y había cesado de contar. Ya no quedaba más que esta sola realidad desmesurada: Dios es. Eso solo importaba. Eso solo bastaba: que Dios sea Dios. Había adorado al Único. Había muerto en esta aceptación sin reserva. En esta extrema pobreza y en este supremo acoger, y la gloria de Dios le había cogido.”

“Allá, por encima de los montes, el sol bajaba lentamente. Sus rayos venían a golpear los bosques por donde caminaba Francisco. La espesura estaba atravesada por grandes rayas brillantes. Los árboles se bañaban en un polvo de luz. Reinaba una gran calma. Ni un soplo. -Dios es, eso basta -murmuró Francisco.”

“En un claro, miró el cielo. Estaba sin nubes. Un milano rojo planeaba. Su vuelo tranquilo y solitario parecía decir a la tierra: «Dios solo es Todopoderoso. Él es Eterno. Basta que Dios sea Dios.» Francisco sintió que su alma se hacía ligera, potente y ligera a la vez, como un ala. -Dios es, eso basta -repitió.”

“Estas palabras tan simples lo llenaban de una extraña claridad. Tenían para él una resonancia infinita. Francisco escuchó, una voz le llamaba. No era una voz humana. Tenía un acento de misericordia. Le hablaba al corazón. ¡Pobre hombre pequeño! -decía la voz-. Aprende ya que Yo soy Dios y deja para siempre de turbarte. ¿Porque yo te haya establecido como pastor sobre mis ovejas vas a olvidar que Yo soy el mayoral? Te he escogido a propósito, hombrecillo, para que sea manifiesto a la vista de todos que lo que Yo hago en ti, no sale de tu habilidad, sino de mi Gracia. Soy Yo el que te he llamado. Soy Yo el que guarda el rebaño y lo apacienta. Yo soy el Señor y el Pastor. Es cosa mía. No te asustes más.”

“Esta tarde dentro de mí está el horizonte claro -dijo Francisco-. Y una alondra invisible canta perdidamente la victoria del Señor.”

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Beethoven – Symphony No.6, “Pastoral” – 2nd movement

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