Persecución Iconoclasta

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Podemos considerar que el monotelismo, que rebajaba la naturaleza humana de Cristo, fue la última herejía dogmática de la antigüedad. Surgió, sin embargo, otro tipo de error, no tanto doctrinal sino práctico y más popular, encabezado por León III, el Isáurico, emperador de Constantinopla, que se propuso desterrar el culto a las imágenes. Se ignora cuál haya sido la razón principal de la iconoclastia, aunque se sugiere la influencia de judíos y musulmanes o el abuso supersticioso de algunos cristianos en la veneración a los íconos, lo que dificultaba la conversión de paganos. Otros atribuyen la negativa teológica de pintar alguna imagen de Jesucristo, para librarse del nestorianismo, pues lo que podía pintarse de Jesús era su naturaleza humana, pero no la divina.

En un primer momento el emperador empleó la persuasión y la propaganda contra los iconófilos, veneradores de las imágenes, pero al ver la inutilidad de sus esfuerzos, en el 727 se destruyó a martillazos una imagen de Jesucristo, llamada “Antiphonentes”, mandada hacer y colocada en ese lugar por el mismísimo emperador Constantino el Grande; este atentado contra la imagen de Jesucristo provocó el enojo y el amotinamiento de la ciudad, dando violenta muerte a los profanadores del sagrado ícono. En respuesta a este amotinamiento, el emperador actuó con crueldad encarcelando, desterrando o castigando a los ciudadanos, especialmente a los monjes, que tenían en gran estima los íconos; en respuesta, el pueblo se reveló cayendo en una auténtica revolución contra el emperador, que buscó inútilmente el apoyo del Patriarca San Germán y del Papa Gregorio II, argumentando que él atacaba la idolatría de las imágenes prohibidas en la Escritura.

El sucesor de San Germán en la sede bizantina, Anastasio, fue dócil instrumento de León III, lo que favoreció el vandalismo y la destrucción de íconos y reliquias de iglesias, monasterios y casas particulares. Para responder a tal atropello, el Papa Gregorio III convocó un Sínodo en Roma en el 731, que condenaba la profanación contra las imágenes, contando con el decidido apoyo de San Juan Damasceno, pero sin que tuviera eco en Constantinopla. A la muerte de León III, subió al trono imperial su hijo Constantino Coprónimo, que continuó y acentúo la política iconoclasta, sirviéndose de un ilegítimo concilio que aprobó su saña contra los íconos y reliquias. Frente a tal atropello brilló la fuerza y valentía martirial de los monjes iconófilos, la mayoría brutalmente asesinados y, los menos, desterrados, prohibiéndoseles presentarse en las ciudades.

La paz llegó a la muerte de Constantino Coprónimo, pues su esposa Irene contuvo la persecución y pidió al Papa Adriano I convocar un concilio, que se realizó en Nicea en el 787, en el cual se restableció la paz. Con el gozo del triunfo de la ortodoxia, los monjes hicieron una peregrinación el primer domingo de Cuaresma, llevando consigo los íconos de Jesucristo, de la Virgen y de los santos. Por esa razón en ese domingo se canta todavía hoy la letanía de los santos.

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